El poder escondido y la legalidad insuficiente

Dice Javier Cercas que ha aspirado “siempre a escribir libros fáciles de leer y difíciles de entender”. Sin embargo, no cabe aplicar ese principio a El castillo de Barbazul, la tercera de sus novelas protagonizadas por Melchor Marín, el expresidiario, exmosso de escuadra, héroe del atentado de Cambrils, expolicía y, ahora, bibliotecario en ejercicio.

Esta novela, la última y definitiva de su trilogía negra, tras Terra Alta e Independencia, cautiva al lector, pero también se entiende a la perfección. Seduce por la agilidad de la trama, por sus referencias a episodios anteriores, por su naturalidad, por el encuadre que precede a cada uno de los capítulos… Basta leer el primero de esos fragmentos en cursiva para reconocer el contexto de Melchor Marín, imprescindible para comprender nuevas peripecias, nuevos dilemas éticos, nuevas muestras de la complejidad del ser humano dividido entre el ser y el actuar.

El castillo de Barbazul plantea dos cuestiones centrales, que, tal vez, sean la misma observada desde dos ángulos distintos: por una parte, los poderes del mal cuentan con el favor o el amparo de la justicia y, por otra, el castigo a ese mal extremo obliga a desbordar las normas revestidas de legalidad porque no atienden a la verdadera justicia.

Una propuesta, por tanto, fácilmente inteligible frente a una realidad fácilmente reconocible a poco que el lector aporte ciertas dosis de sentido crítico. Ahí se cierra la serie dedicada a Melchor Marín, un personaje complejo, que no solo desborda los límites del detective convencional sino que obliga al lector a comprometerse con sus propias contradicciones.

El laberinto de Melchor Marín se cierra con El castillo de Barbazul. Un final anunciado desde que se dio a conocer el primer capítulo. Un laberinto de verdugos y víctimas con un protagonista obligado a moverse entre ambos papeles. Junto a él, los compañeros de trabajo, también contradictorios, porque tal vez ese seam o debiera ser, el verdadero carácter de su oficio. Y tres víctimas de sus propias circunstancias, tres mujeres: la madre, la esposa y la hija de Melchor.

Aparte queda el juego que incluye en la ficción a personajes reales. Desde el propio Javier Cercas a Héctor Abad, Biel March o Matías Vallés, por poner algunos ejemplos. Un detalle a favor de la complicidad con el lector. Esa está asegurada. Es la consecuencia de la seducción de un libro «fácil de leer». Misión cumplida.

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