El reino del (reconocido) desprestigio

Está en marcha, al parecer, la renovación de los más altos cargos de una serie de instituciones: el Tribunal Constitucional, el Defensor del Pueblo, el Tribunal de Cuentas, la Agencia Española de Protección de Datos y… Bueno, nada más. El Consejo General del Poder Judicial sigue atascado. Desde hace tres años.

Para no dar más vueltas a la noria, surgen paralelamente algunas cuestiones baladíes. Se dice, por ejemplo, que los partidos que habrán de negociar los nuevos nombramientos se han comprometido a designar profesionales de reconocido prestigio. ¿Dónde, quién y con qué criterio se establece el reconocido prestigio? A estas alturas de la tensión política está claro que el prestigio reconocido por unos coincide con el desprestigio reconocido por otros. ¿De qué se habla entonces?

Cabe un juego. El lector debe proponer el nombre de un juez, un economista, un periodista, un político o cualquier otro cargo con una cierta exposición pública. Una vez tomada la decisión, el lector debe calificar el nivel de prestigio que le merece el susodicho. En la tercera fase el lector debe buscar en los medios de comunicación dispares las referencias cualitativas que se aplican al personaje propuesto… Y verá que… depende.

Si la valoración se hiciera mediante notas numéricas, de 0 a 10, entre medios plurales, la calificación media general rondará el 4, la misma que reciben los ministros en el CIS. ¿Ese es el nivel de prestigio al que se puede aspirar o el nivel del desprestigio que las instituciones pueden asumir?

¿Entonces?

A las personas que razonablemente puedan sentirse acreditadas para los cargos pendientes de asignación cabe recomendarles, en el hipotético caso de que fueran propuestas, que renuncien ipso facto. Al margen de la consideración que hasta ese momento merecieran, en cuanto su nombre se hiciera público, su propia autoestima toparía de bruces con el 4. O sea, con el suspenso.

Conclusión: sería mucho más fácil elegir a incompetentes o desprestigiados. Frustraría menos. Y podrían sonreír, orgullosos, en su toma de posesión. Todo lo demás, tal y como está el percal, esfuerzo inútil.

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