Cuando hace falta una cohorte de exegetas para interpretar a quien representa al Estado, cuando se renuncia a reclamar el respeto de los representantes públicos hacia los representados, cuando se ignoran los compromisos que deben estimular la convivencia, cuando las preocupaciones ciudadanas apenas sirven como excusa, cuando se obvia la desafección respecto a las instituciones que amenaza al propio Estado, cuando la falta de claridad se ampara en el deber institucional…

… el Rey está de más.

Felipe VI invitó a pensar con su discurso navideño que él nada tiene que hacer en esta sociedad, salvo surfear sobre sus ruinas. Heredero de una dictadura que no nombra, asienta sus palabras sobre una vaguedad sin compromiso. Su tono, más que paternal, pareció el propio de un abuelo al borde del alzheimer. Perdida la conciencia de los problemas del presente, la obligación concreta con la verdad, se aducen recovecos de otros tiempos. Entonces…

… el Rey está de más.

Porque, si tiene que ser así, ¿qué falta hace?

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