El rey, para exégetas

El rey habla cada nochebuena para exégetas. Pero no para aquellos que interpretan o exponen un texto, como los define la RAE, sino para quienes pretenden desvelar lo inaprensible, lo oscuro, al estilo de los que decían descifrar las parábolas o los retruécanos de las sagradas escrituras; un ejercicio más propio de vendemotos o truhanes que de sabios iluminadores del vacío.

Ante las declaraciones regias los ciudadanos corrientes no sienten ya ni frío ni calor. Los periodistas y opinadores, obligados a rellenar su columna con las expectativas puestas en la cena navideña, se afanan contrarreloj a la búsqueda de una frase aplicable a lo que en realidad se cuece en el país; a dar sentido a la palabrería difusa y, por ello, insignificante que se ofrece desde el trono, a sabiendas de que la retahíla de principios tan irrefutables como banales apenas sirve para poner de manifiesto la falta de sintonía entre lo dicho por él y lo vivido por casi todos los demás.

Todas las cadenas de televisión, buena parte de las de radio y las redes sociales transmiten simultáneamente la ceremonia. Urbi et orbi, o casi. Los periodistas encargados del marrón y los representantes de los partidos que deberán glosar el acontecimiento, asumen, resignados, desde la misma aparición del monarca, su función, la de profetas de lo preestablecido. Una ceremonia, pues, irrelevante; lo único destacable suele ser lo que no se dijo. Y no tanto por el interés o la sorpresa de lo oculto como por la paradoja de que quien asume la responsabilidad de hablar se empeñe en diluir o esconder su obligación.

En ese momento entran en acción los exégetas. ¡Pobres!

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