Atardece. Salgo de paseo. Camino sin precipitación ni parsimonia. La casita de cuento se refleja en el agua del río. Así es aún más bonita, o más ingenua. Aprecio paisajes que otras veces pasaron desapercibidos. Es culpa de la soledad. Y del silencio. Ni siquiera Vidalón aparece sentado sobre el tronco desde el que contempla permanentemente su vida, sus ausencias y la carretera. En una hora, solo un coche interrumpe el sosiego. Ningún paseante. Ningún perro.

El pueblo grande ha despoblado las alquerías. Es fiesta. Celebran La Enramá, una tradición, supongo, surgida del excesivo trabajo y el aislamiento. Un sorteo establece las parejas que ese día desfilarán por el pueblo antes del convite público, la cena privada, el baile en la plaza y el final acordado tras la relación fortuita.

Dos días antes del evento, los jóvenes varones se arremolinan en el centro del pueblo, mientras las chicas permanecen en sus casas o, al menos, lejos. Ellos vigilan y detectan a las que andan al acecho de las nuevas, manejan las listas de inscritos, de chicas y de chicos; las trasladan a papeles más pequeños que esconden en una bolsa, unos a un lado, unas a otro; y empieza el sorteo: a cada mujer, una hombre. Se vocean los nombres. Hay aplausos, gritos y algún abucheo. Al día siguiente, las listas clavadas a la puerta del ayuntamiento dan por cerrada la rifa. Y a partir de ese momento empieza el juego.

La fiesta se inicia en casa de la mujer, a donde acude el varón que decidió la mano sin nombre. Él saluda y ella le prende en la solapa un entrelazado de flores y plantas elaborado con orgullo y esmero. Una copa, un dulce y empieza el paseo. Es él quien recibe los premios a cambio de prestar su brazo o sus manos. Por el momento.

El cortejo se inicia en lo más alto del pueblo y a él se incorporan quienes residen en zonas intermedias hasta llegar al centro. En la plaza danzan todos, una pareja tras otra, en cortejo, de la mano, formando un arco por el que pasan sucesivamente, desde el último al primero, apretados en un espacio angosto que los más provocadores hacen aún más escueto. Luego encontrarán muchas coartadas para nuevas apreturas y algunos apretones. Por si acaso, al final, en el baile ha sonado alguna vez la tierna melodía del sugerente Paquito el chocolatero. Hay parejas que, a esas horas, ya han desaparecido del rodeo.

A la celebración se suman vecinas y vecinos, acompañados de sus legítimos pares, con la flor en el pecho los varones y el orgullo compartido de unas y otros por haberse sobrepuesto a tanto tiempo. Algunos, lo reconocen, son fruto del sorteo y no hay por ello arrepentimiento, porque encontraron sin esperar lo que buscaban sin saberlo o, al menos, sin decirlo. Eso explica lo de antes. Lo de ahora es otro cuento. A veces más simple o más procaz o más falso, por el interés turístico nacional de este festejo rural y serrano.

Podría decir que siempre me ha parecido una fiesta machista y, por supuesto, homófoba, aunque, a cambio, bastante interclasista (pero menos). En el pueblo se considera un motivo de diversión, de chanza y cotilleo sin otras pretensiones; un festejo que cierra el verano con la última aglomeración, los bares atascados y Los Chichos sobre el escenario, un tributo a los enramados con canas, al que se superpone una discoteca callejera, en mitad de la población, que impide el sueño en tres kilómetros a la redonda, por lo menos. Lo constato.

La fiesta despuebla las alquerías y los caminos, y lleva a la calle al vecindario al completo; desborda los bares y anuncia brindis beodos bajo la expectativa de nuevos poblamientos. Así fue y así será.

Concluida la noche, esta mañana, en la puerta de una casa, junto al bosque, he encontrado pañuelos de papel usados, salvaslips, una caja azul y varios condones por el suelo. Y yo, mientras tanto, desvelado por el zumba zumba, pensaba capulladas. Así he escrito esto.

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