De un muy largo tiempo a esta parte la política se antoja como una especie de juego entre truhanes que anteponen los intereses de los partidos y de las castas que los conforman a la preocupación fundamental en torno a la vida de los ciudadanos. Y lo peor es que mayoritariamente se asume como lógica esa manera de entender la gestión de lo público. Basta escuchar a todos los expertos e inexpertos que filtran y condicionan la reflexión en torno a la gestión pública para comprender como una obviedad incuestionable que las decisiones se adoptan o se rechazan en función de los meros intereses de los partidos que pugnan por el poder. Ese es en estas circunstancias no solo el objetivo real sino también la esencia misma de política. Su valor como elemento transformador de la realidad se limita a algo meramente instrumental. La acción política persigue así, por encima de cualquier otro propósito, el poder y el control de las instituciones. La gestión de los asuntos públicos o su crítica devienen exclusivamente en un mecanismo de persuasión.

Así es la política de la que hablamos. La política real. Desde esa lógica se explican las actitudes de los diferentes partidos y cualquier otra consideración conduce al eufemismo.

No existen grandes diferencias entre unas formaciones y otras, pese a que los principios a los que cada una de ellas alude para disimular su desvergüenza sí resulten dignos de consideración y de debate, porque, pese a todo, ellos representan los valores y los intereses en juego, los de la sociedad y los ciudadanos, aunque, a la postre, las decisiones finales se rijan por otros parámetros.

El Gobierno de coalición, el primero en la reciente etapa democrática española, tenía la oportunidad de cambiar los hábitos. Pero pronto se pudo advertir que las decisiones, tal vez el juego, quedaba en manos de tahures o de ingenuos que aún creen que se debaten prioridades y principios más allá de la hegemonía o el poder.

No es solo la falta de costumbre de la cogobernanza, sino, sobre todo, una manera de actuar en el ámbito político que en muchos momentos se antoja repugnante, aunque sea, de hecho, la norma que define el ejercicio de la política. El trapicheo, la artimaña, el juego alrededor del poder son asuntos con frecuencia contradictorios con el ejercicio de la acción pública encaminada a administrar los recursos de todos en favor del conjunto de la ciudadanía y, en última instancia, de la convivencia. Esto sí es la política, pero de eso no se discute, porque no se ve o porque no existe.

El Gobierno no es un caos por frankestein sino por anteponer el afán de protagonismo y de poder a los principios ideológicos que con tanta frecuencia se invocan, convertidos en proclamas demagógicas.  El presidente carece de un rumbo claro, chapotea en medio de charcos confusos, porque carece de respaldo suficiente y, también, de criterios coherentes. Su socio, Unidas Podemos, amparado en algunos criterios razonables, encubre su afán de protagonismo –o tal vez de supervivencia– en el enredo, sin importarle la consolidación de una sociedad más solidaria y respetuosa.

Por eso, en una cuestión tan relevante como la aprobación de los Presupuestos, unos y otros libran una confrontación de egos con el único propósito de consolidar su posición y sus intereses de casta –hay términos descalificadores que se revuelven contra quien los abandera– en las mejores condiciones –o las menos malas– posibles.

Podemos antepone su propósito de arrinconar al socio que le cobija a una estrategia colectiva que reduzca la confrontación a los aspectos más extremos y ampare una convivencia menos crispada y voluble, en la que sean posibles decisiones para un tiempo superior a una legislatura. En sea sentido, Ciudadanos, pese a su carácter minoritario, ofrece una vía de recomposición de la convivencia en un tiempo extraordinariamente bipolar y excluyente. No debiera despreciarse.

Pero no hay que hacerse ilusiones. La política que ellos entienden no está para resolver problemas a los ciudadanos y a la sociedad en su conjunto, sino para reafirmar sus estrategias de casta.

Y así uno detrás de otro… Pero sin ser lo mismo. Porque, pese a todo, en medio de la gran confusión a que invita la actual gestión de lo público, los señuelos a través de los cuales se persigue la complicidad ciudadana difieren y porque, precisamente, la diferencia radica en los instrumentos de persuasión con los que cada grupo o facción trata de avalar y esconder sus intereses. Y de esa manera tan indirecta y muchas veces tan confusa así invitan a pensar que ellos son, aunque los gestores no lo sepan, el quid de la política.

¿Por qué hacerlo tan complicado o tan oscuro?

 

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