El tercer debate de las Elecciones 2015, el único cara a cara, no podía esconder su contexto y las expectativas (incluso las negativas), las abiertas y las pendientes.

Sin embargo, muy poco después de su inicio dejó de ser insustancial. Visto el decorado, oída la presentación, concedida la palabra a Pedro Sánchez y advertido de su escapada del guión previsto (quiso aclarar que su rival se había negado al debate hasta ese preciso instante), la atonía que todo aquello presagiaba quedó olvidada. La tensión arruinó la desconfianza previa, aunque no la duda sobre el verdadero valor de estos eventos convertidos en paradigma de las verdades democráticas.

La mera presencia del presidente del Gobierno, pese a su aparente indolencia, a su aire de superioridad, a su mueca sonriente, aportaba a la confrontación unas opciones que su ausencia había negado hasta esta ocasión; las críticas a sus cuatro años de gestión abandonaban el punching ball del gimnasio para dirigirse, directas, al rostro su más conspicuo destinatario.

La tensión del candidato socialista, amenazado por las encuestas a ser calificado como “el efímero”, le indujo a una confrontación sin pausa ni demora. Sus propuestas electorales se convertían en refuerzos de las discrepancias contra una gestión, la del gobierno, basada en la mentira. Con ese argumento repetido, sustentado en datos estudiados y en ilustraciones elaboradas que las cámaras recogían, marcó el ritmo y aturdió al contrario, tal vez sorprendido por tanto ímpetu. El simpar Mariano respondía con gestos más que las palabras, demasiado lentas o imprecisas frente a la furia. Ni siquiera consiguió contraponer sus propios documentos manuscritos, porque prefirió colocarlos en dirección contraria a la de las cámaras; toda una metáfora del propio estilo.

Así transcurrió la primera mitad de un debate desigual, pese a las precipitaciones del aspirante, la displicencia del presidente y la perplejidad de un moderador incómodo en todo momento. Las acusaciones al presidente de haber mentido a los ciudadanos no encontraron la más leve réplica por parte del acusado. Sonado.

En la segunda parte estalló el clímax. Tiempo para la situación institucional, propuso el moderado, siempre propenso al eufemismo. Y Sánchez, que en alguna fase anterior ya había aludido ella (a Rato, a Bárcenas, a Gurtel), puso la corrupción sobre la mesa inmaculada del debate. Era el momento esperado, el que no se había podido abordar en las confrontaciones anteriores por la ausencia intencionada del presidente del Gobierno. Tras unos pocos minutos, el moderador trató de zanjar el asunto pasando a otro también relevante (Cataluña). El candidato socialista no se plegó. Aún no había esgrimido un argumento bien articulado: una vez conocida la dimensión de la corrupción, el PP, bajo la dirección de su presidente, trató de acallarla, de destruir las pruebas publicados e incluso de ofrecer su aliento personal y su solidaridad al más simbólico de los corruptos. Usted tuvo que dimitir hace dos años, vino a decir Sánchez, pero no lo hizo porque “usted no es una persona decente”.

El presidente se crispó, apoyo sus hombros sobre el respaldo, tomó aire: “Hasta aquí hemos llegado”, replicó. Pareció que podía levantarse e irse de la mesa. Pudo pensarlo. ¿Qué habría pasado? Volvió a apoyar sus brazos y replicó: “ruin, miserable, mezquino, deleznable”.

El debate había terminado. Lo que sucedió a partir de ahí desmereció de todo lo anterior. La disputa se realizó sobre el barro. Se acabaron los turnos de palabras y las réplicas. Mentira contra mentira. Nada resultó inteligible. Tal vez, nada resultó ya interesante; menos aún, inteligente. Cuando el moderador abrió el último “asunto de trabajo” (Europa, Latinoaméarica, el papel de España en el mundo, el fenómeno yihadista, los refugiados), nadie pensó que en los debates anteriores esas cuestiones ni siquiera habían sido mencionadas, sino en qué falta hacía ponerlas sobre la mesa.

Fin. Plano general. Tres estatuas. Sentadas. Nadie vio, tal vez nadie intuyó, un posible apretón de manos. Tampoco hacía falta.

Llegó el momento de las tertulias y, sobre todo, de las entrevistas a quienes en esta ocasión se habían quedado fuera de la discusión. Repetieron que había sido el último debate del bipartidismo, de una manera de hacer política basada en la descalificación, de un ciclo en el que los ciudadanos han sido espectadores. Los comentaristas reprocharon “el usted no es una persona decente” o el “ruin, miserable, mezquino, deleznable”.

Pese a la sobreactuación de extrañeza e incluso de repulsa por la acusación de Sánchez, su argumento y también su frase final, o definitiva, era un lógico colofón a cuanto unos y otros habían dicho sobre la corrupción en los debates anteriores. A casi nadie debió sorprender, porque forma parte del acervo argumental de muchos ciudadanos. A Rajoy, sí. ¡No la había previsto! ¿Nunca pensó que debía dimitir?

La frase que perseguirá a Sánchez durante largo tiempo, tal vez lastró su eficaz actitud antes del “hasta  aquí hemos llegado” de Rajoy. El presidente se echó al fango, a costa de sus tics, su descontrol y sus nervios sin mayor capacidad de respuesta. Él, que quiso pasar impasible.

En el barullo pasó inadvertida una argumentación de Rajoy muy al final. Vino a decir que el éxito de las exportaciones españolas está relacionado con la reforma laboral, porque ha mejorado la competitividad de los productos nacionales. ¿Puede alguien dudar de la devaluación de los derechos de los trabajadores provocado por la susodicha reforma?

No, allí, en aquel momento, ya no había nadie con cierta lucidez.

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