El test de las colas

Lo primero que se echó en falta fue el papel higiénico. Luego, las mascarillas. A continuación la harina y la levadura. Más tarde, las vacunas. Ahora, los tests de antígenos. Esos son los símbolos anecdóticos de las diferentes fases de la pandemia.

Con esas cavilaciones me había levantado. Tenía una misión.

A las 9:20 de la mañana la calle donde se encuentra la farmacia ahora más próxima a mi casa –hubo otra, pero se quedó a trasmano y la dueña traspasó el local–, una docena de personas aguardaban la llegada de los test previstos para el día de hoy. Las primeras habían llegado antes de las 9.

– Las remesas del día suelen llegar en torno a las diez, pero luego hay que ver cuantos tests envían. Ayer, sólo veinte. El día anterior, 50. Habrá que esperar a ver. Hoy  le toca el turno a los de la Comunidad. Ya es el tercer día que hago la cola.

Me lo explicó, todo seguido, la mujer que me dio la vez, una especie de contraseña en estos casos para esperar, primero, y alcanzar al objetivo, después.n mientras me aprestaba a esperar. Media hora de paciencia, deduje.

Otras doce personas se esparcían diseminadas por la calle, amplia y peatonal. Unas, sentadas en el pollo de hormigón; otras, apoyadas en un árbol o una farola; alguna, paseando y sacudiendo el frío húmedo de la mañana; todas, esperando al repartidor del bien más preciado de estos días.

No había orden en las posiciones de espera. Cada cual conocía a quien le precedía en el turno y a quien ella o él había dado la vez. Más mujeres que hombres. Tras un rato quieto, ojeando las noticias de la mañana en el móvil, decidí pasear: cincuenta metros abajo, cincuenta arriba, una y otra vez. 

A las 10,30, aún no había llegado ningún emisario de buenas noticias. Solo una mujer bastante mayor se atrevió a romper la monotonía.

– ¿Todos están aquí por antígenos?

– Claro, señora, le respondió alguien.

– Es que yo vengo a por mis medicinas.

– Pues pase usted, señora.

En ese momento el número de integrantes de la fila, como la decían, aunque realmente no lo fuera, ya duplicaba a la que había encontrado a mi llegada.

Un repartidor portador de una caja hermética y oscura rompe la monotonía. Le asaltan varias mujeres, pero él ríe y niega con la cabeza.

– Traigo medicamentos normales, no es lo que esperan.

A las 11:00 el cielo parecía despejarse, pero el ambiente permanece muy frío. Pensé en abandonar la espera, pero me dio miedo perder la oportunidad. Daba la impresión de que éramos más los que consideraban esa opción. Tal vez por eso decidimos permanecer, con la esperanza de que fueran otros los claudicantes y así lograra avanzar en la fila.

Cerca de las 11:30 llegó otra persona con una caja roja. Para evitar otro chasco como el anterior nadie preguntó. Al cabo de un rato de su marcha, la señora que atendía la farmacia se asomó a la puerta y conminó a la audiencia:

– Pónganse en fila. V vamos a empezar el reparto.

Dicho y hecho. Tuvieron que pasar otros diez minutos eternos para que accediera la más madrugadora. Antes de que la atendieras, otra mujer irrumpió decidida al interior de la farmacia. Se oyeron palabras de desaprobación.

– Vengo a buscar mis medicinas.

Hubo algún murmullo de desaprobación, pero la señora no se arredró; se mantuvo en el interior compartiendo conversación con la persona que ya estaba dentro y la farmacéutica. Sin prisas ni remilgos.

– Estamos escuchando lo que dice, gritó la mujer que ocupaba ahora el primer puesto de la cola.

Cuando salieron las dos, volvió la calma.

– ¿Cuantos test han traído?

Al cabo de un rato, alguien respondió.

– Cincuenta. Han llegado cincuenta.

El dato se recibió con alivio. Se fueron sucediendo los primeros accesos a un ritmo de tortugas. Una señora tuvo que entrar con su perro, no porque el chucho necesitara prueba de antígenos, sino porque no soportaba permanecer amarrado a un árbol, mientras su dueña se colocaba a la espera.

Entonces llegó un hombre dispuesto a hacer caso omiso de la cola porque lo suyo eran medicinas normales. Y hasta ahí terminó la la condescendencia.

– Mientras no había antígenos, era razonable que pasaran las personas que buscaban otros productos. Pero ahora todos esperamos lo mismo: que nos atiendan en la farmacia.

El hombre se plegó y se desplazó, resignado, hasta el último de la fila a esperar su turno, mientras entraban y salían expedicionarios en busca del test. Había entrado tan solo tres o cuatro personas y algunas salían de la farmacia con una bolsa en la que se adivinaban varias cajas del producto más deseado.

– ¿Usted cree que llegaremos a tiempo? –preguntó mi predecesora. Yo creo que sí. Han traído cincuenta.

– Dependerá de cuántas pruebas se lleve cada una de las personas que tenemos delante.

Miramos a la mujer que salía con un avituallamiento exagerado.

– No sé, no sé si nos va a llegar.

Me atreví a entrar en la farmacia, salvando el protocolo.

– Perdone –me dirigí a la farmacéutica–, ¿cuántas pruebas quedan todavía por repartir? Para organizarnos… y no esperar en vano.

En el siguiente cambio de cliente, lo comprobó.

– Quedan 22. ¿Y usted, cuantos se va a llevar?, pregunto a la mujer situado ante el mostrador

– Yo, dos.

– Entonces quedan veinte.

Salí, expliqué y pregunté.

– Quedan veinte. ¿Cuántos se va a llevar cada uno de nosotros?

– Tres.

– Dos.

– Cuatro.

Miré a la señora que me había dado la vez.

– Yo, tres. Una para mí y otras dos para mis hijos.

Intervine, quedan 8. Yo me llevo dos.

La siguiente quería dos y siguiente, cuatro.

– Hasta aquí llegan las existencias.

Los siguientes desparecieron con su decepción a cuestas. Solo aguantaron, aunque fuera de plazo, una mujer, retenida tal vez por la esperanza de que no hubiéramos sabido sumar o restar y el hombre que tuvo que aguantar el chaparron verbal cuando quiso colar sus medicamentos entre los antígenos.

Salí de la farmacia con mi botín en la mano y un bote de champú de regalo de la farmacéutica. Estaban a punto de dar las 12 de mediodía.

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