A la hora en punto, tras unos cánticos que no pudieron entender, los seis toros que debían ser lidiados horas más tarde escucharon con sobresalto el chupinazo, observaron cómo se abrían las puertas de los corrales y salieron de estampida por un territorio desconocido en el que se agolpaba un tropel de individuos, en su inmensa mayoría ataviados con blusa y pantalón blanco y un pañuelo rojo alrededor del cuello.

Ellos no lo sabían, pero todo eso, exactamente igual, lo habían percibido otros colegas de especie y de destino en los días previos y durante muchos años antes con idéntica parafernalia y muy aproximados sobresaltos. Pero esa mañana ocurrió algo inédito. Uno de los toros se despistó en la salida, perdió el rumbo de la camada y se quedó enfrentado a la turba humana vestida de blanco que le retaba a sumarse al tumulto tapándole el camino.

Tras un instante de reflexión, miró al fondo, se giró y regresó raudo al lugar del que procedía, a los corrales, mientras los pastores y los corredores se confundían ante lo imprevisto. Dijeron que no había ocurrido nunca antes, pero algunos eruditos dijeron que esta era la novena ocasión en que un astado desafiaba la costumbre e incluso la norma. En cualquier caso una rareza o un portento.

¿Por qué solo un toro cada varias decenas de años es capaz de intuir a primera vista su destino? ¿Quién les provoca más miedo: el peto de los caballos, la puya de los picadores, la espada fulminante de los toreros o la turba inconsciente y enfebrecida de los corredores que los reta a una huida sin escapatoria y que implica un elevado riesgo físico e incluso emocional… para los toros?

Un toro inteligente. Un caso entre mil. ¿Porque la inteligencia es un don escaso entre esos animales de casta? Pero si esa fuera una conclusión razonable, ¿qué capacidad intelectual se podría reconocer a los corredores? ¿Uno de cada mil conseguiría superar la proporción de las reses? ¿O tan solo los que se arrepienten de participar en una turba que atrae a las masas televidentes con el mismo entusiasmo que despertaban los gladiadores en el circo?

En esta sociedad y en determinados momentos la lucidez es un bien tan escaso que sorprende. La inteligencia, casi siempre, desconcierta. El toro del cuento lo comprendió de reojo, mientras en su giro observaba el rostro atónito de los sanfermineros. Tuvo miedo, temió lo peor y se refugió en los chiqueros. Le sirvió de poco. De allí lo sacaron a la fuerza, lo  trasladaron en camión hasta la plaza y en ella le lidiaron y estoquearon junto a sus otros cinco compañeros. No consiguió escapar del destino, los dioses o los magnates mangantes.

La fiesta taurina alude a la cultura mediterránea, a Creta, a Grecia, al Minotauro que raptó a Europa. El toro que volvió a los corrales advirtió la jugada que le habían tendido. Intentó un movimiento repentino, tal vez por puro desconcierto. No quiso llevarse a nadie por delante, ni a sus lomos ni entre sus cuernos. Pero acabó en la plaza, toreado y muerto.

Una metáfora traída por los pelos.

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