El trumpismo no descansa, acecha

El trumpismo no será flor de un día. Ni siquiera de un cuatrienio. Menos aún, de un país, por grande y poderoso que se antoje.

El trumpismo se instaló entre nosotros en una sociedad polarizada y radicada bajo la pandemia de unas redes sociales tan potencialmente valiosas para múltiples situaciones como realmente nocivas para aspectos básicos de la convivencia.

El trumpismo no llegó fruto de la casualidad, sino como respuesta a un vacío de respuestas para amplios sectores de la sociedad que ha generado una desafección radical respecto a las políticas tradicionales. Esa animosidad contra el status establecido no ha cristalizado en un movimiento surgido desde los sectores más desprotegidos, sino que ha sido absorbida por los intereses económicos de una clase privilegiada, ansiosa de más poder.

El trumpismo ha desbordado los límites de un país, porque la desafección afecta a numerosos lugares y porque la radicalidad encuentra imitadores por doquier, máxime cuando los argumentos resultan innecesarios y los disparates se asumen como gestos de rebeldía. La furia ha convertido la irracionalidad y el desatino en un proyecto coherente.

El trumpismo sigue ahí. En Estados Unidos, con más votos populares que en 2016, aunque también sea algo mayor la distancia entre los defensores del sistema y sus detractores. Y fuera de su espacio original en otros espacios cada vez más numerosos.

El trumpismo no ha sido derrotado. Al menos, por el momento. Y cabe temer que continúe su época de esplendor si no se encuentran respuestas a la división social, a la radicalización, al decisivo papel de la mentira en las comunicaciones públicas e incluso en las privadas; en definitiva, si no se asientan pautas de convivencia que asuman y aminoren los problemas generados por la vulnerabilidad y la desigualdad de amplísimos sectores de la sociedad.

El trumpismo aparece en todas partes. Más allá de Brasil, Polonia o Hungría, y de grupos radicales en numerosos países que se dicen democráticos. Asoma por múltiples lugares e infinidad de detalles. Está, por supuesto, en la Comunidad de Madrid, pero también en múltiples detalles, harto significativos, de otros ámbitos. 

¡Atentos! Porque el trumpismo banaliza la racionalidad y alienta el encono. No necesita un plan o una estrategia. Le basta con expresar la disidencia para sumar adeptos.

El problema no radica en la calidad de los argumentos sino en los problemas que aventan el malestar, la desafección y el cabreo. El afán de los poderosos que manipulan el relato y las conciencias no va a cejar; la clave consiste en que alertar a los adeptos, evitar que nuevos fieles se adscriban a la fe que los perjudica y que algunos de los conversos rechacen una fidelidad que los condena.

Palabras de Obama

El expresidente estadounidense Barak Obama se refería a algunos de los asuntos tratados más arriba en una reciente entrevista con Javier Moreno en El País. Recojo algunos párrafos:

Las instituciones democráticas “si no rotas, sí están deterioradas, razón por la cual el Gobierno y la democracia de Estados Unidos no pueden proporcionar una respuesta rápida a los problemas. Y cuando los partidos están tan polarizados, se llega a un punto muerto, a una situación de obstruccionismo que alimenta el cinismo y desalienta a la gente, por eso creo que nos espera un camino bastante arduo. 

Las instituciones del Estado, “si no rotas, sí están deterioradas, razón por la cual el Gobierno y la democracia de Estados Unidos no pueden proporcionar una respuesta rápida a los problemas. Y cuando los partidos están tan polarizados, se llega a un punto muerto, a una situación de obstruccionismo que alimenta el cinismo y desalienta a la gente, por eso creo que nos espera un camino bastante arduo”.

“No se trata de un fenómeno exclusivamente estadounidense, sino que es global. Uno de los mayores retos de nuestras democracias pasa por volver a los tiempos en los que los hechos eran los mismos para todos. Es crucial que podamos debatir ideas y encontrar soluciones para los problemas”.

 

 

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