“Hueles, y no a ámbar”, díjole don Quijote a Sancho, que no acertaba a comprender cómo su señor había detectado el miedo que le corroía. Cuando el escudero insistió en saber qué podía haber molestado al hidalgo caballero, se encontró con una respuesta definitiva: “Peor es meneallo”.

Valga la cita para acercarse a las últimas noticias relacionadas con las andanzas interminables del Rey Emérito.

Desde hace demasiado tiempo, olía, y no a ámbar. Quienes tenían poder para descubrir la causa del tufo –desde los gobiernos sucesivos y las instituciones del Estado a los medios de comunicación y a buena parte de la ciudadanía– decidieron taparse la nariz. Pero la peste acabó desafiando a la pituitaria colectiva. Y entonces, en lugar de zanjar el foco, optaron a meneallo o, al menos, incentivar el remeneo.

Ya no hay remedio. El hedor de quien provocó la mierda implica a cuantos la consintieron con actuaciones de tapadillo, empezando, no cabe ni otra posibilidad ni otra alternativa, por la Casa, que se ha convertido a estas alturas en una auténtica Causa Real.

A veces no hay mayor error que empeñarse en buscar justificaciones para evitar responsabilidades o decisiones. El afán por distinguir entre corrupción y monarquía, para convertir el problema en un mero asunto del Emérito, se ha convertido en un empecinamiento contra la realidad. O desconocían la magnitud de la descomposición o ignoraban las inevitables consecuencias de su actitud. En vez de evitar el olor acabaron meneándolo.

Ya no hay remedio. Apesta a cloaca.

¿No lo sienten así muchos ciudadanos cuando observan un día tras otro la cara inexpresiva del Sucesor?

Decídanse o pregunten.

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