El vértigo de la inocencia

La novela de Andrea Abreu y Sabina Urraca, Panza de burro (Barret 2020) suscita cuestiones muy distintas de diferente interés.

La primera va implícita en la frase inicial de esta reseña y, para colmo, a ella obliga el inicio del propio relato: la relación, siempre cierta, aunque casi nunca explícita, entre autor (aquí, autora, Andrea Abreu) y editor (aquí, editora, Sabina Urraca). Una relación que en este caso se formula sin ambages, antes incluso de entrar en materia, aunque en ningún caso al margen de la estructura narrativa. Se trata, pues, de una invitación a participar en el juego entre la complicidad y la diferencia de ambos actores (aquí, actrices) de la creación literaria. No cabe deducir que ese planteamiento desde la raíz obedezca a una disputa entre ellas ni siquiera a la aceptación de una relación  inter pares y, menos aún, a la identificación de sus respectivos papeles. Sin embargo, el lector puede sentirse invitado, si no impelido, a discernir sobre qué ha aportado cada una en un proceso laborioso que duró dos años. No me atrevo a asegurar si tales ambivalencias perjudican o benefician a una u otra de las partes. Se trata, en cualquier caso, de una cuestión prescindible, porque lo relevante solo puede ser la obra que el lector tiene entre manos.

Esa es, una vez adentrados en la lectura, la cuestión central: el relato protagonizado por dos niñas que transitan entre la infancia y la adolescencia, entre el cariño y la sexualidad, entre el candor y el descubrimiento de nuevas realidades, entre el aislamiento asumido y la inseguridad que genera el mundo exterior, entre la búsqueda y la pérdida. Un canto al vértigo de la ingenuidad. Lo que parece una experiencia simple e íntima se va cargando de sentimientos y emociones para transformar y reafirmar el valor de la inocencia, más allá de la lógica inevitable del tiempo y las circunstancias, siempre inexorables. 

El tercer asunto relevante se basa en el lenguaje. En la recuperación de palabras singulares del habla de una zona muy concreta de la isla de Tenerife y, simultáneamente, la adaptación de términos anglosajones que los sectores más jóvenes de la sociedad han adaptado hasta hacerlos de uso común. La paradoja del lenguaje que se nutre simultáneamente de la tradición ancestral y el mimetismo globalista también parece cargada de sugerencias.

Tres motivos, pues, que suscitan interés y, si se quiere, debate. No es poco en 170 páginas.

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