En las urnas, muchos virus sin vacunas

Abundan los análisis del ciclón Ayuso que afectará a la Comunidad de Madrid de manera más larga y más grave aún que la tormenta Filomena. Atiendo a dos: el editorial de El País, 4-M (1) Claves de un triunfo, y un artículo de José María Lassalle, Ayuso o la novísima política, en el mismo diario. Se asemejan, aunque con matices.

Se pueden compartir muchos aspectos de uno y otro análisis (y de otros más), pero en casi todos ellos queda en el aire qué pintan en estos procesos los ciudadanos. ¿Se trata de un papel pasivo, mediatizado, meramente emocional, fruto de impresiones más que de reflexiones? ¿De una adhesión espontánea, ajena a una sólida argumentación, a partir de una propuesta más o menos imaginativa, más que menos avalada por experiencias de tinte nacionalista y/o trumpista, más que menos sustentada sobre el hartazgo de las restricciones motivadas por una pandemia implacable, más simple que eficaz?

¿A los ciudadanos no pueden afrontar colectivamente situaciones complejas, distinguir el grano de la paja, superar con rigor esta inevitable situación de incertidumbre? ¿No les importa, acaso, que los traten «como a niños», como a colegas de pandilla, como a estúpidos?

¿A qué, si no, los trucos, las mentirijillas, los aspavientos, las engañiflas, las golosinas?

Lo más grave es que esa actitud no es solo patrimonio de un partido o un bloque ideológico, porque también abunda entre los salieron escaldados del último episodio electoral, aunque no en todos ni en igual medida.

El desprecio al ciudadano es también el poco aprecio de los ciudadanos a sí mismos y a una forma de convivencia que los dignifique y reivindique. Entre tanto habrá que asumir, por decirlo sin disimulo, nuestro papel de rebaño. Un papel tan  consolidado que hay días en que parecemos inmunizados contra el raciocinio.

No hay vacunas. Pero muchos virus.

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