En las relaciones personales voluntariamente asumidas deberían existir cuestiones previas. Unas condiciones mínimas para reconocer y desarrollar la amistad. ¿Cuáles? Aunque sea un concepto demasiado vago, pongamos, por ejemplo, la decencia.

En las relaciones políticas, tal vez existan opciones más concretas, como el respeto a las decisiones mayoritarias, por supuesto, aunque quizás resulte más definitiva el respeto a ciertos principios elementales.

Desde esa perspectiva también se pueden valorar los comportamientos públicos en el ámbito de las alianzas o de los acuerdos puntuales entre distintas formaciones, un terreno en el que en estos momentos encallan algunas actitudes.

¿Todas las formaciones representadas en el Parlamento español asumen, por ejemplo, de manera inequívoca, el respeto a las mayorías? Hay dudas e incluso alguna certeza en sentido negativo. Por eso Vox debería estar excluida de cualquier alianza y el PP tiene muchos días en que se aproxima a uno u otro lado del límite, cuando pone en duda, por ejemplo, la legitimidad del gobierno mayoritariamente respaldado por las urnas.

Existen otras líneas fronterizas. El independentismo choca  con la construcción de un Estado coherente y cohesionado, pero no se le puede negar su carácter representativo ni en ocasiones su clara cooperación a favor de la gobernabilidad. Aquí no cabe la cuestión previa. Hay que asumirlo. 

Hay otro caso más conflictivo, Bildu, cuya esencia independentista se mezcla con otro asunto aún más elemental. ¿Se puede asumir su voluntad democrática, cuando se pone tanto esmero en encontrar escondrijos que eviten el rechazo inequívoco de la violencia o el respeto a las víctimas que ellos mismos acallaron, consintieron e incluso estimularon?

Incorporar a Bildu a la lógica del gobierno, del pacto y del derecho, puede ser, quizás, una buena manera de atraerla a una acción más inequívoca de respeto a la mayoría de los ciudadanos, cuya memoria aún relaciona a la formación abertzale con un sentimiento de desprecio cívico y de ruina moral colectiva.

Sin embargo, por encima de esas consideraciones, tal vez convenientes, se imponen algunos principios incompatibles con el tacticismo político, porque forman parte de los principios elementales.

Los que más insisten en la homologación de Bildu con otras fuerzas del ámbito del independentismo o, supuestamente, de la izquierda (¿cabe, de verdad, un independentismo de izquierdas?) eluden el conflicto que plantea el desacato a una cuestión elemental: la renuncia inequívoca a la violencia, que implica el rechazo de cualquier trampantojo que soslaye la responsabilidad de los victimarios frente a las víctimas.

¿Tienen algo que ver estas reflexiones sobre las amistades políticas con el requisito fundamental de la decencia para las relaciones personales?

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