Su Majestad reconoce que delinquió, pero abona 678.393,72 euros y pelillos a la mar. Reconoce que defraudó a la Hacienda de todos ocultando dineros de procedencia extraña de los que se beneficiaron él mismo, sus hijas y algunos nietos. Por ese asuntillo ya no puede haber sanción. La regularización efectuada antes de que la fiscalía o la propia Hacienda abrieran el caso exonera a los infractores del fraude fiscal; así es la ley. El monarca decaído elude así la responsabilidad y la cárcel por haber escondido a efectos fiscales unos dineros sobrevenidos por arte de birlibirloque, aunque no quepa descartar que tenga que justificarlos. O sea, buenas dosis de paz con poca gloria.

El que fuera rey a todos los efectos durante 40 años, después de haber sido príncipe en la Dictadura, tiene por delante otros asuntos no menos turbios y, tal vez también –eso sí parece seguro– menos eludibles. ¿Por qué ha renunciado a esos 678.399,72 euros, que no son calderilla, sino más de 110 millones de aquellas monedas que llamábamos pesetas? ¿Por qué ese señor ha roto, aunque sea en una pequeña parte, su afición al escondite? Porque en este caso tenía escapatoria; porque aún disimula fondos para zanjar el problema y porque le sobra desparpajo –esto es, jeta– para reconocer la fechoría con cara de “no se volverá a repetir”; y sobre todo, porque estas prebendas las disfrutó él y, también, algunos de sus más directos allegados…

El caso de los sueldos extra de la familia ha sido el último affaire conocido de su reinado y el primero en resolverse por la puerta de atrás. ¿Por qué? En primer lugar, porque no cabía un plan de fuga y, porque de empecinarse en la ocultación, le complicaría aún más las apariencias a Hacienda, al Gobierno y a la fiscalía, temerosos todos ellos de verse en la tesitura de destapar la caja de los truenos o de asumir la complicidad con el delincuente más majestuoso del último periodo patrio. La historia no le absolverá en ningún caso, pero su recalcitrante reincidencia solo habría conseguido provocar explosiones en cadena incluso a corto plazo.

Son algunas razones posibles para haber optado por esta vía. Los otros asuntos delictivos que le apuntan pueden prorrogarse en los tribunales usque ad mortem, por decir algo. Y eso permite a su decaída majestad seguir disfrutando, aunque en silencio, de los emiratos y del golfo.

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