El problema de comunicación del Gobierno no radica, como algunos señalan, en su incapacidad para transmitir certezas, porque eso equivaldría a falsear la realidad e incluso a mentir. La verdad de estos tiempos se basa en la complejidad, que no es sinónimo de incertidumbre, aunque la alimente. Solo a partir de ella se puede reconocer esa realidad y, en consecuencia, comprenderla y transformarla.

La necesidad de asumir la complejidad conduce a la búsqueda –que en estos momentos es inseparable de la ciencia–, a la prudencia, al respeto y a la solidaridad. Algunas certezas, sobre todo cuando pretenden ser absolutas, pueden convertirse en la antesala del fanatismo. Quienes las exigen como aval imprescindible para el liderazgo o la cooperación minusvaloran la capacidad de los ciudadanos para entender la realidad e incluso para la convivencia.

A tenor de lo que explica Javier de Lucas, la pandemia de la Covid19 obliga a asumir, tal vez como en ninguna otra circunstancia, la complejidad e incluso, en muchos momentos, la incertidumbre; pero también a huir de la parálisis o el fatalismo. Puede parecer un reto difícil para tranquilizar a una sociedad en estado de shock, pero cualquier otro resultará falaz. Íñigo Domínguez lo resume de manera más coloquial: “cuanto más confusos están los expertos, más sabe tu cuñado”.

Errores de perspectiva

A partir de esos criterios se debe analizar la comunicación desarrollada en estos momentos por el Gobierno. Y desde esa perspectiva habrá que reconocer el exceso de apelaciones bélicas tanto en el lenguaje como en las imágenes que amplifican la presencia de uniformes, porque se trata de una analogía falsa y porque convierte en protagonistas a quienes solo pueden ser colaboradores; habrá que asumir también la proliferación de vaguedades que eluden las responsabilidades concretas y alimentan expectativas de cumplimiento incierto, generadoras a corto plazo de decepción y desconfianza; y habrá que reconsiderar la reiteración de justificaciones o apologías sobre la acción gubernamental frente a unos datos que, siquiera desde un punto de vista emocional, abruman: por horrorosos e irrefutables. No hay manera de equilibrar los hechos incuestionables con meros descargos ni la urgencia de las víctimas con la demora de las soluciones.

Sin embargo, el quid del problema no radica en esos aspectos. En todos los casos, pero aún más en situaciones extremas, la comunicación política solo puede basarse en la transparencia o, mejor aún, en la sinceridad plena, a carta cabal, aun a riesgo de que esa actitud dificulte la permanencia en el cargo de aquellos responsables públicos que la adopten.

En circunstancias extremas, como las de la actual pandemia, esa sinceridad obliga, en primer lugar, a la explicación de la complejidad e incluso de la incertidumbre, porque o las decisiones se sitúan en ese ámbito o serán falaces. Desde ese planteamiento radical la sociedad podrá asumir las dudas, los cambios de criterio e incluso algunos errores absolutamente inevitables en un contexto de perplejidad máxima.

Esa estrategia de comunicación colisiona con los hábitos que impone, de hecho, una concepción de la política más atenta al poder que al servicio público; es decir, la vigente entre nosotros. En ella se antepone el disimulo a la transparencia, se opta por la abundancia de discursos que banalizan los contenidos concretos, y se niegan errores, demoras e ineficiencias. A la postre, se avala el desconcierto. En ese laberinto se ha movido la comunicación gubernamental, aunque, bien es cierto, presionada por buena parte de una oposición empecinada en obtener réditos de la insolidaridad e incluso de la propia tragedia. Esa ha sido la tónica general cuando se han tratado asuntos relacionados con la atención hospitalaria, las deficiencias del sistema de salud, la escasez de suministros, la desprotección de los profesionales, la imprevisión, la infradotación de los órganos responsables de la coordinación y cualesquiera otras.

La comunicación es la política

Una comunicación basada en la transparencia y la sinceridad debería tener, como contrapartida, una modificación profunda de los hábitos políticos, pero el empeño en mantener los viejos clichés no puede justificar la renuncia a los principios fundamentales. Solo ellos legitiman una acción política orientada al servicio público y a la gestión de la convivencia o a la defensa de los valores que consagró la Ilustración: libertad, igualdad y fraternidad, entendidos de manera interrelacionada: la libertad al servicio de la igualdad y esta en apoyo de la cooperación.

Con ese horizonte incuestionable es necesario decir las cosas como son, sin rodeos, asumiendo las limitaciones e incluso, excepcionalmente, la necesidad de aplazar una respuesta para no entorpecer gestiones relevantes. Pero también resulta imprescindible compartir decisiones, consultar, consensuar, reconocer el valor de las aportaciones ajenas y debatir sin clichés ni apriorismos.

Al final, la estrategia de comunicación da sentido a un programa político. Y la credibilidad de la acción política se someterá a la fiabilidad de la comunicación que propicie. Este no es territorio para juegos; menos aún, para trucos.

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