Europa no tiene quien la escriba

El sueño europeo  se desmorona.

Europa ha sido, pese a todos sus inconvenientes e indefiniciones, el proyecto político global más libre, próspero, igualitario y solidario que hayamos puesto en marcha. Sin embargo, no ha sido respetado por sus propios ciudadanos ni impulsado a fondo por sus principales dirigentes; ni siquiera, por quienes lo han regido de un tiempo, largo, a esta parte.

Acechada por adversarios y escépticos, ha sobrevivido a las dudas y a la miopía de muchos gobernantes, y a las contradicciones de quienes lo apoyaban, en gran medida opuestos a las exigencias del propio proyecto: el reconocimiento de una soberanía europea superior a la de los propios estados, sustentada sobre una legitimidad democrática superior asimismo a la de los propios parlamentos nacionales, para afrontar, al fin, una dirección económica, fiscal y monetaria, común.

Harto difícil, harto complejo. Sólo así Europa sería viable. Y eso requería información, pedagogía y una comprensión de la dificultad y la complejidad. También el conocimiento del horizonte al que esa supranación se encaminaba. Y hubo un punto en el que se perdió el relato.

Se entendían la CECA, el Mercado Común, los albores de la Unión Europea. Pero llegó el punto del salto definitivo y, en pleno impulso, el vértigo. Los responsables del lanzamiento quedaron aparcados, los intereses pacatos y nacionales absorbieron la atención, cada cual trató de obtener su propio beneficio, las expectativas creadas minaron la credibilidad de las decisiones cotidianas y la lentitud de la carrera en medio del laberinto generó animadversión y hastío, mientras algunos se empeñaban en monopolizar el caldo y las tajadas.

Europa no encontró quien la escribiera. Los intereses nacionales impidieron construir su relato: marcar un horizonte y trazar el camino, porque eso obligaba a poner en riesgo el poder doméstico, siempre sustentado sobre aspiraciones menores  y de vuelo corto y clientelar. Y la paradoja concluye cuando, llegados al punto crítico de la depresión, el espacio de la salvación se transforma en el espacio de la condena.

En eso estamos. La condena es condena en cualquier caso. La salvación, a estas alturas, una quimera. ¿Entonces?

Alemania y sus protestantes reclaman su permanente ambición de dominio y hegemonía; como si el tiempo y la historia no hubieran pasado por ellos. Los demás y sus católicos, u ortodoxos, se retuercen entre la impotencia y el desprecio (nos llamaron los pigs, ¿es o no es cierto?) de su individualismo o su fe en la providencia; sin necesidad de obras legitimadoras.

Quienes ejercen el poder no defienden el sueño, ni siquiera el proyecto, sino, a lo sumo, esta situación viscosa y mercantil; tal vez, porque ellos la gobiernan y prefirieron no someterla al riesgo de una representación democrática. Quienes sufren de manera más grave la realidad económica, patalean sin medios ni perspectivas  para golpear en la dirección correcta.

La literatura sí sirve en estos casos para narrar cómo se sienten los que pierden, Hay ejemplos. Pero no basta unas cuantas novelas para transformar el rumbo ni evitar la caída.

Europa no tiene quien la escriba. Merkel no tiene pinta y, aún peor, sólo lo haría desde el bando de los vencedores, de los que solo admiten su propia hegemonía; con perdón, totalitaria. A Hollande le estimulan las buenas intenciones, pero carece de fuerza narrativa. Podrían empujarle otros, tan sospechosos como Monti; lo demás es poca cosa. Y Rajoy, cuando se requiere arrojo, se declara ausente; no está para escribir, solo lee el Marca.

Por eso nadie tiene, al menos, el valor o la decencia de dar un puñetazo encima de la mesa.

– ¡Órdago, carajo!

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