Fracaso y gloria de la comunicación política

El estratega de Ayuso alcanzó la gloria. El de Sánchez, el infierno.

La conclusión ha sido apabullante.

Pero ¿cómo quedan los ciudadanos en todo ese juego?

♣♣♣

El estratega que diseñó una propuesta aparentemente imprevisible y naif, con un trasfondo de nacionalismo trumpista y cañí, tan falaz como aparentemente espontánea; el mismo que convirtió al Gobierno del país en un pimpampum con el único propósito de contradecirlo a todas las horas del día y de la noche. Ese estratega consiguió acaparar la profunda desazón de una sociedad arrollada por la pandemia hasta rendirla y someterla ante quien detentaba los peores resultados del país en la gestión de la enfermedad. Otro fantasma recorre Europa y también ahora el resto del mundo. En este cuartel general atisbaron su oportunidad y así, sin más, corrieron a surfear la gran ola.

El estratega rival centró su apuesta en un caladero falso, en los sectores que consideraba huérfanos de cobijo por el estado terminal de su anterior formación y se empecinó en ello hasta que tuvo que reconocer que en aquellas aguas el pescado ya estaba vendido. Presa de su error de planteamiento, viró sin rumbo fijo, aceptando lo que antes había negado y obligando a un metafísico a renegar de Aristóteles e incluso de Kant para travestirse de tuitero y ejercer de ventrílocuo.

Así es la política de estos tiempos. Aún peor, carece de alternativa. El que se oponga al absurdo de los estrategas y sus criterios mejor que se retire y no lo argumente, so pena de ser considerado un profundo analfabeto en las artes de la seducción y la simpleza. La razón no juega en esta liga.

La comunicación que aplican los cuarteles generales de los partidos políticos –en general, porque se advierten muy pocas excepciones– no se dirige a la capacidad de raciocinio de los electores sino a las posibilidades de manipulación.

¿Cabe, acaso, otra interpretación? ¿Alguien se esfuerza, de verdad, en dar a conocer sus programas electorales, en someter sus propuestas a una auténtica deliberación pública, en distinguir entre los intereses colectivos y los particulares, en presentar un modelo de sociedad creíble, en reconocer las contradicciones a que obliga la realidad geopolítica y los poderes reales, a señalar objetivos de medio plazo y a marcar el sendero necesario para llegar a ellos…?

¿Cuánto, de todo esto, le importa a los ciudadanos o, mejor, a la mayoría de los que acuden a las urnas?

El poder es un aspecto consustancial de la política, pero reducirla en exclusiva al usufructo del poder ha arruinado el valor de la política. No hay perspectiva de que la cosa cambie. ¿Dónde fijar, entonces, esta sensación de derrota que hoy comparte una amplia minoría de votantes que se niegan a ser ingenuos?

Artículo anteriorMadrid / Libertad / Botellón
Artículo siguienteEn las urnas, muchos virus sin vacunas