Se anuncia un programa titulado El objetivo. Y se publicita como la reentrée en la programación televisiva española de una periodista que alcanzó notoriedad por su tono claro e incisivo en la anterior etapa de TVE. Ana Pastor había sido, sin duda, un referente de la independencia que pregonaban los directivos de la Corporación RTVE y, por eso, tal vez, se encontró de patitas en la calle cuando llegaron el cambio de ciclo o el nuevo tiempo; o simplemente el actual despropósito.

La cadena que ahora la acoge, La Sexta, apuesta sin ambages por su nueva propuesta periodística, situándola en el prime time dominical. Una muestra del valor de la información en esta cadena, que ha convertido su línea editorial en el refugio televisivo del descontento político, con tan alto fruto que la empresa editora ha tenido que alimentar el sapo de la progresía, siquiera hasta el momento, tragándose, por razones de mera rentabilidad, su propia tendencia al facherío.

Y en eso llegó El objetivo , protegido por una entrevista inicial a Jordi Évole (un guiño al espectador de ese día, esa hora y esa adicción) y un programa posterior (y especial, por formato y estética) de Salvados, el gran referente de la cadena, Wyoming aparte. La audiencia beatificó a los dos. El interés y la calidad fueron, por el contrario, desiguales.

El nuevo programa partió con dos contradicciones de gravedad en el terreno de los principios periodísticos. La primera, el título: siempre pensé que El objetivo hacía referencia a la lente a través de la que se pretendía observar la realidad, el objeto; en ningún caso, a una pretensión de objetividad, siempre excesiva y, con lo que llevamos recorrido, ridícula. La segunda, el eslogan repetido en varias ocasiones: un programa sin ideología. Entonces, ¿qué?, ¿imbécil?

En ese absurdo desamarró y capotó el programa. La propuesta de posmodernidad y metacrilato, el reduccionismo de las cuestiones hacia lo extrínseco o lo aparentemente medible, la confianza plena y exclusiva para la evaluación de cada problema en un supuesto experto, rebosantede ideología, como no podía ser menos, en cada uno de los casos. O sea, un fiasco rematado por la elección de unos temas gastados a los que el método no sacó de lo archisabido. Muchas palabras, precipitadas, pero correctamente dichas; un medidor semaforizado de falsedades y verdades simples (las otras no se miden); unos muñequitos para la distracción y el alivio de la digestión del gato por la liebre. Eso fue lo que me pareció, pero puedo estar equivocado: ni puedo renunciar a mi ideología, so pena de traicionar a los demás, ni aspiro a ser el objetivo.

Tras la decepción, el entusiasmo: el programa posterior de Salvados me pareció antológico. Impecable en lo estético (decorado, ambientación, iluminación, fotografía), sosegado y complejo en el contenido: el análisis general de la realidad económica, social y política, con un moderador agudo y tranquilo y tres analistas aptos para una interpretación compleja y no partidista, aunque sí ideológica, de la realidad. Con pleno respeto al interlocutor y al espectador, al ciudadano. No hubo afirmaciones sorprendentes, iluminaciones divinas, pero sí discursos para entender, comprender, discutir, decidir, intervenir…

No, la televisión no es necesariamente perversa, aunque abunden las perversiones e incluso se produzcan errores subjetivos. Pero también tiene, alguna vez, momentos de auténtico regocijo.

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