Fútbol y política: ¿la misma cosa?

Si no requiriera tanto trabajo…

Con frecuencia siento la tentación de destacar la relación vigente entre el lenguaje y la argumentación que practican los programas de radio y televisión dedicados al deporte y las redes sociales, y el pensamiento e incluso la ideología que en gran medida asume y proclama buena parte de la ciudadanía, tal vez mayoritaria. Siento la necesidad de cuestionar los valores y los principios que se proclaman como axiomas en los medios de comunicación no tanto por lo que afectan a la propia concepción del deporte como por lo que influyen en el conjunto de la vida pública e incluso de la opinión ciudadana.

El problema se puede observar desde una doble perspectiva: desde la transferencia de esos supuestos principios axiomáticos a los códigos de comportamiento de la vida cotidiana o desde la traslación de tales criterios de análisis a los profesionales de la comunicación y, a través de ellos, a ámbitos ciudadanos con mayor relevancia social, como el debate público o la participación política. Porque esas supuestas verdades deportivas, amparan, primero, conceptos e ideas cargadas de reaccionarismo y ahítas de la más leve autocrítica, e imponen, después, una lógica perversa en la reflexión publica y el debate ciudadano.

Siento la tentación simultánea de denunciar la estulticia que esconde buena parte de los comentarios deportivos, la ofuscación que se supone implícita en el aficionado a alguno de los deportes mayoritarios, el empecinamiento en resaltar las discrepancias por encima del entretenimiento lúdico o la simple y pura práctica del deporte, el sometimiento del juego al resultado o de la diversión al triunfo, para concluir en la radicalización de las posiciones que aboca a denigrar al competidor o a la excusa permanente de los defectos ajenos para sobreponerse a la derrota propia.

De acuerdo con las normas establecidas por los comunicadores deportivos en sus programas interminables importa más el resultado que el entretenimiento, la victoria que la diversión, el árbitro que el juego; se premia el ofuscamiento y la pasión y se abomina el análisis pausado y el argumentario racional en torno al juego.

Lo más grave de todo es que esos criterios se han reencarnado en la convivencia, en el debate público y en la reflexión acerca de los proyectos y programas políticos.

La información política se rige en la actualidad por la norma del “minuto y resultado” (simplicidad e inmediatez) de las transmisiones deportivas y en la transformación del análisis de las cuestiones ciudadanas en meras rivalidades y enconos. Los profesionales del periodismo deportivo se autoatribuyen la misión de fijar lo verdadero y lo falso, lo conveniente y lo despreciable, de cualquier comportamiento profesional o humano relacionado con el deporte. Y, ya de paso, convierten el grito en su principal argumento contra quienes se atreven a disentir en voz baja. El periodismo no deportivo ha interiorizado el disparate.

Me gustaría documentar todo esto, porque en buena parte esa realidad está condicionando y delimitando la vida pública, transformando al ciudadano en hooligan y la convivencia en competencia, reduciendo la libertad al derecho a la descalificación.

Quizás esta base argumental pueda parecer excesiva, pero estoy convencido de que algo de eso está ocurriendo. Dudo entre asegurar que “así es, ni más ni menos” o que “así es, más o menos”.

Lo advertía al principio: requiere mucho trabajo y, lo que es peor, soportar excesivas estupideces.

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