Gato por liebre (a propósito de la reforma laboral)

El conflicto ideológico y político en el seno del actual Gobierno de coalición a propósito de la reforma laboral parece no solo inevitable, sino, sobre todo, necesario. Forma parte del meollo de la socialdemocracia que, se dice, parece recuperar vigencia en Europa.

Lo plantea con claridad Sami Näir: “la izquierda socialdemócrata vacila entre limitarse solo a curar las heridas provocadas por las políticas liberales (reestructurar las leyes del mercado de trabajo y potenciar el poder adquisitivo) o proponer una visión basada en la necesidad de reformas estructurales profundas, lo que implicaría una coordinación de las fuerzas progresistas a escala europea. La posibilidad de la nueva vida de la izquierda, tras décadas de liberalismo, depende, al final y al cabo, de la respuesta a este dilema”.

Ahí están las dos orillas representadas en el Gobierno español. Aunque con matices, porque en este caso se matiza a la baja la primera parte de esa disyuntiva. Así pretende gestionarla el sector psoecialista del ejecutivo, advertido y advirtiendo de los riesgos derivados de la vigilancia suprema de la Unión Europea. Al otro lado, el sector podemita pretende entrar de lleno en la segunda fase de la alternativa.

En el fondo, el dilema se antoja irresoluble. Unos y otros, si no lo saben, deberían saberlo. Cualquier decisión que adopten se quedará corta porque en esta sociedad no cabe la posibilidad de pasarse de largo; en definitiva, porque el dilema que dábamos por cierto está viciado de raíz.

El algoritmo que regula las opciones políticas de la sociedad capitalista (o liberal o como la quiera llamar cada uno) beneficia a los desreguladores, a las élites económicas, al predominio de los intereses lucrativos sobre sobre la equidad y, por supuesto, la igualdad. Es así, y no cabe alternativa.

La sociedad en su conjunto, los ciudadanos, puede discutir en el terreno ideológico, el de los principios, el de la teoría, pero no en el práctico, el de las decisiones políticas. En este ámbito el poder real que la sociedad elige está sometido al que poseen las élites económicas. Ellas tienen capacidad para conducir al abismo a cualquier reforma en profundidad por la fuerza de los hechos; no obstante, prefieren evitar tamaña grosería. Por eso han establecido el algoritmo que, bajo una ingenua apariencia de sumas y restas de riesgos y beneficios, obliga, en el mejor de los casos, a reconocer que el dilema de Sami Naïr, aparentemente tan ingenuo, es mera diletancia.

¿Hasta dónde y hasta cuándo hay que aguantar? ¿Por qué la victoria es efímera y la derrota, segura? ¿Cuándo merece la pena jugársela? ¿Y si sale mal?

En eso andamos, midiendo hasta dónde se puede llegar. Con el riesgo de que, de tanto aceptar gato por liebre, hayamos convenido que nos gusta… el gato.

 

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