¿Hay alguien ahí para explicarlo?

 

¿Quién entiende el volantazo del Gobierno español respecto al Sáhara?

¿Quién entiende el empeño de atribuir en exclusiva a Vox las reclamaciones de agricultores, transportistas y, a poco que se descuiden, de la sociedad entera?

¿Quién entiende que “esto lo vamos a arreglar”, pero dentro de diez o quince días?

¿Quién entiende a alguien que no se explica?

En aquellos tiempos en los que tuve la responsabilidad de coordinar el área internacional en los informativos de la Cadena SER pude conversar en diferentes situaciones y circunstancias con representantes del Frente Polisario, de la diplomacia española e incluso de la magrebí. Llegué a una conclusión. ¡Menudo marrón!, habría resumido ahora.

Porque una cosa es predicar y otra dar trigo. Porque una es la razón de la utopía y otra la realidad de un mundo y un tiempo casi siempre oscuros. Emocionaba entonces la causa saharaui, pero inquietaban las prácticas del Frente Polisario. Repelía la actitud imperialista de la monarquía marroquí, pero también la réplica tan interesada como poco democrática de Argelia. Y España entre el idilio con una causa imposible y la incapacidad para ofrecer una salida sin sobresaltos posteriores.

Pasaron los años, cada vez más. Y de repente, ¡zas! Marruecos anuncia lo que el Gobierno español ha decidido a hurtadillas. Un disparate que pone en cuestión no ya la política de comunicación del ejecutivo, sino la deriva de toda su política, tantas veces gestada a golpes repentinos, compatibles con tiempos extravagantes. Lo explica muy bien Jorge Dezcallar –uno de mis, antaño, informantes– en su artículo Sahara: acierto o chapuza, publicado en El País.

Con la guerra en Ucrania sin visos de final, con los desmanes que generan las tarifas del gas y la electricidad, con las protestas de amplios sectores de la sociedad y el malestar de una ciudadanía que no entiende la causa última de sus propias penurias… ¿este era el momento de tramar tamaño mostrenco? ¿O tal vez alguien pudo pensar que este era el momento de que pasara desapercibida la decisión? ¿Acaso, por eso, le encargaron a Marruecos que hiciera pública la información?

La aberración va a mayores. Presumiendo de que la dependencia española respecto del suministro de gas no está relacionada con la Rusia imperialista que asola Ucrania, decidimos pelearnos con Argelia, nuestro segundo y destacado abastecedor. ¿Acaso se contaba con el beneplácito del primero, los Estados Unidos de América?

Ni la práctica ni la teórica se comprenden. ¿Qué se pretende? ¿Consolidar el freno a la inmigración africana en un momento de presumible presión migratoria desde el este europeo? ¿No avala esa actitud el repugnante rechazo de los inmigrantes que propugna Vox? ¿Es ahora el propio Gobierno quien no solo banaliza el mensaje de la ultraderecha, sino que lo asume como propio? ¿El empeño contra la inmigración ¡del sur! por parte del Gobierno convalida el discurso xenófobo de Vox? ¿Qué queda para ese otro compromiso moral con los ciudadanos latinoamericanos en situaciones extremas de marginación y pobreza?

Lo mismo podría argüirse respecto de los conflictos sociales. ¿Por qué tanta insistencia en que se trata de movilizaciones de naturaleza ultra? ¿Quién está empeñado en dar carta de naturaleza a esa banda? Hay muchas razones legítimas tras las protestas de transportistas, agricultores, ganaderos… Por eso, en vez de excusas y demoras, más habría valido dar explicaciones y exponer las dificultades que entraña cualquier decisión.

Pero esto último pertenece a otro mundo. Explicar lo complejo escapa a la mayor parte de los aspirantes al escaño o al megáfono.

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