Nunca hubo más motivos para participar en una huelga –general y absoluta. O para ser más exacto, nunca tuve más motivos que ayer para participar en una huelga.

Así que, a falta de un trabajo al que no acudir, me levanté (como todas las mañanas), me negué a bajar al quiosco a recoger el periódico (me costó), desayuné en casa (sin las porras acostumbradas) y me obligué a consumir los restos de pan del día anterior, para no comprar ni una barra. Todo, en fin,  para que nadie tuviera que romper la huelga por mi cuenta. Huelga total por mi parte –general y absoluta..

Aproveché la extraordinaria fluidez del tráfico, porque no era cosa de tomar ningún medio público de transporte, para hacer un recado. Comprobé que las chicas del quiosco no habían abierto y que el chino de la calle quizás no hubiera cerrado. En el trayecto de ida y vuelta me llamó la atención la ausencia de gente por las calles, más que el cierre de establecimientos; la mayoría de estos, abiertos, aunque con sordina, de tapadillo.

Un día de huelga a medio gas que las manifestaciones de la tarde convirtieron en un clamor imprescindible.

 

Con ese bagaje consideré que había cumplido de manera suficiente mi compromiso ciudadano y me dispuse a buscar datos, opiniones y reflexiones en torno a la jornada. Dadas mis preferencias, leí y escuché a prohuelguistas que no habían participado en la huelga y a promanifestantes que observaron la marcha, en el mejor de los casos, desde su observatorio o a través de sus redactores en los lugares de los hechos.

Y entonces empecé a sentir los ecos de la jornada. Las voces las habían puesto los que se negaron a trabajar y los que acudieron a las marchas; también el gobierno, principal encausado, aunque él prefiriera sentirse cual invitado de piedra. El optimismo inicial, bien es cierto que ma non fanatico, se fue trocando en pesimismo.

 

Este 14 de noviembre podrá recordarse como la mayor y mejor expresión del espíritu del 15M: indignación. A raudales. Por las más diversas razones, por motivos bien distintos, por situaciones dispares y desiguales y un denominador común irrefutable: la realidad se nos ha vuelto demasiado desagradable; no solo insatisfactoria, sino repugnante. Sin embargo, a partir de ahí, como casi siempre y en todo, hay más preguntas que certezas.

El movimiento social de protesta, aunque muy fragmentado en función de las múltiples reivindicaciones sectoriales, tiene, al menos por el momento, una actitud integradora: el sentimiento de que se trata de reclamaciones complementarias, surgidas de una realidad común, aunque cada uno enfatice en lo que considera o siente de manera más directa.

La canalización de la protesta popular a través de organizaciones profundamente enraizadas en la estructura social –más o menos apreciadas o depreciadas, como sindicatos e incluso partidos políticos– amplificó el sonido y la repercusión de la jornada de rebeldía popular. Este 14N fue un 15M gigante; este, deudor de aquel en muchos aspectos, ¿y algo más?

Pese a lo vivido y llovido no existe, ni se vislumbra en el horizonte, una propuesta capaz de integrar respuestas y soluciones a la situación planteada y, por ello, ni existe ni se vislumbra una alternativa a la política que ha abocado a esta sociedad a la desesperación en la que vive o zozobra, según se mire. El único elemento aglutinador real es la indignación. Y en la medida en que la indignación se retroalimente o autoalimente, se podrá llegar a un estallido social de consecuencias incontroladas. Porque la ciudadanía está inerme, indefensa, frente al modelo de sociedad que se ha desarrollado contra los intereses generales, los de la inmensa mayoría.

No hay que llamarse a engaño. Al terminar la jornada de huelga, frente a quienes negaban cualquier razón o eficacia a la protesta, e incluso a quienes la acusaban de propiciar males mayores a los ya constatados, se volvió a detectar el profundo desvalimiento ciudadano. Las otra voces, las que reconocen la indignación y el agobio mayoritarios, prestaron atención a la emoción de la jornada, al sentimiento de saberse numerosos y activos, a la repercusión alcanzada por movimientos espontáneos e inarticulados, a la repetida anticipación de la calle sobre la política.

Quizás resulte necesario insistir en esos aspectos para mantenernos vivos, para no caer en la depresión ni recurrir como único remedio al suicidio colectivo; para no creer en que el retroceso de la historia sea también la definitiva marcha atrás de nuestras propias expectativas.

Sin embargo, quizás también, esa insistencia resulte demasiado simple, demagógica, inútil. Un acto de autocomplacencia. Y de impotencia.

Tenemos un motivo para sentirnos satisfechos. Sólo uno: la decencia moral de quienes se rebelan, de quienes no se resignan, de quienes defienden con las pocas armas que nos dejan su interés y los de quienes apenas tienen fuerza para luchar por todo lo que les falta. Ese es, hoy, nuestro mejor bagaje, nuestro mayor legitimidad.

Pero no podemos engañarnos. Tenemos todo el derecho a la indignación, pero esta sociedad, hoy por hoy, es incapaz de resolver lo que nos indigna; y hoy por hoy, tampoco podemos cambiarla.

La norma que regula los desahucios, pese a la potencia de cuantos la critican y detestan (quién podía pensar que fuéramos tantos), sólo admitirá parches, porque quienes tienen el poder no admiten derogaciones. Lo sabremos de manera inmediata.

Y esa realidad cabe extrapolarla a los recortes sociales, al paro, al deterioro de derechos fundamentales como la sanidad o la educación, al abandono de los dependientes o los marginalizados por la crisis, a la desprotección social, al expolio de lo público, a la depauperación de la clase media, a la humillación de los que nunca llegaron a ella…

Porque esta sociedad consagra la preeminencia de la riqueza sobre la ciudadanía, la hegemonía absoluta de los mercados sobre la economía, la política y la ideología, la desigualdad como factor de progreso y el dominio absoluto, desregulado y incontrolado, que esconde el poder financiero. Y esa realidad, hoy por hoy, no es reversible.

Carecemos de otro modelo de sociedad para resolver los problemas que nos asolan. No tenemos capacidad para salir de la madriguera en la que nos han recluido. Nos hemos quedado sin soportes sobre los que alentar un proyecto colectivo justo e igualitario. Nos han traicionado quienes decían ser nuestros valedores; otros los sedujeron con el reclamo del poder y, cuando advirtieron que sólo podrían a gestionar los excedentes de los verdaderamente poderosos, nos hicieron creer que esa era nuestra aspiración y nuestro objetivo. Y hubo un día en el que, consumada la traición, los verdaderamente poderosos consumaron el latrocinio: decidieron que también querían controlar sus excedentes sino también nuestros despojos.

Empecemos por reconocer esta realidad. Contra el fantasma de la impotencia hay que fijar objetivos; a tenor de la magnitud de los problemas que nos irritan, tal vez pequeños y progresivos. Esto es, con un horizonte, una expectativa, una ambición capaz de dar sentido a la frustración, a los mínimos avances y a la espera. ¿Quién lo hace? ¿Cómo?

No se trata de encontrar a un Espartaco capaz de amenazar al emperador y a sus tribunos. Somos esclavos de un poder que ha desarticulado nuestros derechos y nuestras defensas y que, para convertir nuestra indefensión en irreversible, estableció una serie de estructuras totalizadoras, más o menos reconocibles, que se amparan y esconden.

La indignación está atrapada en una serie de telarañas que se refuerzan entre sí y que ciegan cualquier escapatoria. Tenemos que decidir cómo sobrevivimos en esta posición tan incómoda y tan desesperada para así tramar la escapada. La salida es una ilusión, pero hace falta darle forma; sólo así, tendrá sentido la profunda incomodidad y la espera.

Y en este tiempo la indignación es imprescindible. Más aún, cuando aparentemente no hay motivos para la esperanza. Porque es necesario que sepan que no estamos resignados. Y que buscaremos resquicios para socavar la telaraña e incluso sus palacios de recreo. Hubo momentos parecidos. Y la sociedad encontró ilusiones y caminos.

Es necesario revisar una vez más algunos de aquellos momentos de exaltación popular y de esperanza colectiva. En primer lugar, porque llegaron después de haber analizado con enorme lucidez y arrojo la realidad del momento y la historia que lo había precedido. Pero también porque no solo supieron prever lo que podría ocurrir si el poder se mantenía en las mismas manos y con idénticos objetivos.

Estamos en una manifiesta inferioridad, ¿mas no perdidos?

De eso, otro día. Mas si queremos eludir la derrota, más valdrá no resignarse. Y de eso dan muestras diarias ciudadanos de Grecia, Portugal, España… En muchos lugares surgen iniciativas que buscan, aunque en ámbitos reducidos e incluso a veces marginales, formas de organización y resistencia. Hay gente que arriesga el bienestar que aún les queda para defender intereses colectivos. Y salta a la vista la necesidad de que alguien articule esa resistencia, esas iniciativas y tanta necesidad para cambiar lo que tenemos.

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