Ideas en el PSOE. Estamos a la espera

A políticos y periodistas pocas veces les da por lo trascendente. No ya lo celestial, sino lo que sobrepasa la inmediatez de la propia nariz. No ya lo ontológico o metafísico, sino la mera reflexión teórica. No ya el pensamiento abstracto, sino simplemente lo que afecta a las ideas. No ya los planteamientos generales de una determinada ideología, sino tan solo las líneas programáticas de un programa electoral o las ponencias de un congreso.

El reciente congreso del PSOE lo ha corroborado de pe a pa. Vale: constan alusiones a la línea ideológica del partido, a la necesidad de una redefinición de la socialdemocracia, a la propuesta de alternativas válidas frente a los criterios unidireccionales en materia de política económica. Sí, alusiones. ¿Y luego? Solo quién aspira a qué, quiénes apoyan a quién, quiénes se reparten qué, quiénes son represaliados por quién, quién manda, quién pierde… Todos son Mouriño. Todos quieren serlo.

¿Alguien ha contado las líneas que merecieron las disputas dialécticas, el recuento de los votos, los dimes y diretes, las disensiones ciertas o inciertas, de calado o anecdóticas, y las que recibió la ponencia que aún no se sabe si ha sido definitivamente redactada?

De otra manera: ¿Cuántos periodistas políticos leen los programas electorales, aparte del tríptico de usar y tirar? ¿Cuántos militantes de postín lo hacen? ¿Cuántos de cada clase se han interesado de veras por la ponencia del congreso, más allá de un par de aspectos anecdóticos?

Los dos candidatos, es verdad,  escenificaron en sus discursos esa realidad. Apelaron a valores y emociones: la recuperación, la fuerza, la unidad, la victoria. En definitiva, al poder, que era lo que de verdad interesaba a los votantes, aspirantes al reparto del festín o, como es el caso, al de sus migajas. En medio de la monserga no solo nadie pidió otra cosa sino que el entusiasmo estuvo a punto por desbordarse ora por aquí ora por allá. ¿Con qué motivo? Ellos sabrán.

Los medios acogieron con interés y profusión la disputa. También entraron en liza, porque, cuando solo se trata de ganar, el que no juega aspira a apostar. Luego, como suele ocurrir cuando hay competición y apuesta, asoma el fraude. Aquí también. ¿Puede ser de otra manera cuando el apostante es propietario de la cancha? La vida misma.

Sí, hubo sugerencias y momentos de esplendor. El más llamativo, tal vez, se representó fuera del ámbito estricto del congreso. Tuvo lugar en un estudio de radio. José Luis Rodríguez Zapatero concedió una entrevista a Àngels Barceló que los contertulios acompañantes, de diferente jaez ideológico y político, no dudaron en calificar de “espectacular”. Tal cual.

Zapatero lució talante como en sus mejores momentos, cuando invitó a creer en el debate y la política, cuando exhibió respeto al discrepante y a los ciudadanos, incluidos los representantes públicos. Asumió errores y responsabilidades en el fiasco electoral e incluso explicó su caída del caballo camino de Bruselas: había que salvar la hecatombe financiera para librar a los españoles del tsunami, a cambio de una inundación que nos ahoga. Vino a decir.

El expresidente, impecable en el trato, con guiños a los que daba valor de confidencias, no dijo nada de todo lo ocurrido antes: de la desregulación que convirtió a los trileros del sector financiero en los intocables: mafiosos y policías al mismo tiempo. Tampoco de lo necesario para el después: poner coto a la barbarie de este estado de cosas que ha transformado a los Estados en estados paralelos, frente a los reales que representan especuladores y banqueros. Ni siquiera del rumbo a seguir frente a la precarización y el desempleo que encontraron inerme, y esa era una responsabilidad suya, al partido que dirigía: sin relato ni estrategia, sin capacidad ni valor para reanimar a los ciudadanos ante el desaguisado y contra el desaliento.

Sin embargo, invitó con el ejemplo de sus palabras a la solidaridad y al respeto. Y eso, después de lo corrido en el último mes y medio, se antojó como un sueño que nos devolvía a aquellos tiempos en los que se hablaba de ciudadanía e incluso de educación.

En los discursos del congreso se habló del yo voy a hacer, del conmigo podemos, de saldremos de esta, de venceremos. Y si fuera cierto, ¿para qué? ¿Por qué aplaudieron?

No el congreso no resolvió ninguna pregunta seria. La elección de la ejecutiva, tampoco. La apelación al discurso único, menos. La sumisión de los votantes en espera de un puestecillo cuando sea el momento, desaloja cualquier expectativa. Y la posibilidad de un rumbo cierto. Tan necesario.

Algún día alguien pensará en algún momento que merece la pena tener alguna idea. Aunque solo sea una que sirva a los que pasan frío afuera.

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