Influencers bajo el microscopio

Las opiniones de algunos personajes públicos alcanzan una repercusión muy superior a la que les corresponde por el mero y legítimo sentir de ciudadano. Y precisamente por esa influencia que ellos no quisieron la sociedad acaba reclamándoles mucho más de lo que están obligados a dar e incluso a saber. Un círculo vicioso que eleva a la condición de prescriptores a personas forzados a asumir responsabilidades que sobrepasan sus propias aptitudes.

Puede que ese sea el motivo por el que aún siguen siendo muchos los personajes públicos que esconden sus opiniones de carácter político o eluden manifestarse sobre asuntos de interés general. Aunque sean también muchos los que utilizan su proyección social para multiplicar simultáneamente la atención de sus seguidores y sus propios contratos mediante una presencia y unas opiniones que les delatan.

En realidad, nada muy diferente al ansia de muchos individuos que en estos tiempos actúan de similar manera. Unos, reivindicando el sigilo, ya sea para no molestar o para que no les molesten, y otros, tratando de adquirir notoriedad con opiniones escasas de argumentos que, sin embargo, favorecen un reconocimiento inmerecido, cuando no perverso.

Mientras una parte de la sociedad esconde sus opiniones personales como parte de su intimidad, pese a su valor público, otra las convierte en una especie de estriptís que proclama con orgullo la flacidez muscular y el exceso de grasas del deslenguado.

Volviendo a la repercusión global de las opiniones de los personajes públicos y a los efectos de sus afirmaciones sobre su propia imagen, se puede advertir cómo buena parte de ellos esquiva el silencio a través de la banalidad, de expresiones insípidas e indoloras, que con frecuencia son puro reflejo de una neutralidad que trasluce el trasfondo conservador dominante y el vacío mental autónomo.

Hay excepciones. Y algunas tienen extraordinario valor por la personalidad del protagonista, que, reverenciado por sus indudables cualidades profesionales, acaba convertido en un referente de la cordura en cualquier circunstancia, condición que ya se le niega no ya al presidente del Gobierno sino al mismísimo Papa (y con razones perfectamente defendibles).

Uno de estos gurúes patrios se llama Rafael Nadal: excelente tenista y persona mesurada, con actitudes y reflexiones sobre asuntos públicos no menos discutibles que las de cualquier otro congénere, aunque, en su caso, con la apariencia de haberlas pensado antes de hacerlas publica y, en consecuencia, de no hablar por boca de ganso.

Su reflexión en torno a las vacunas contra la covid, a propósito del lío formado por su máximo rival y, sin embargo, compañero, Novak Djokovic, son un ejemplo:

  • “No me gusta lo que está pasando, por supuesto. En cierta manera, me da pena, por él. Pero al mismo tiempo, él sabía perfectamente las condiciones desde hace muchos meses. Él fue el que tomó su propia decisión”
  • “Si haces eso, si te vacunas, puedes estar aquí. Puedes jugar el Open de Australia y en donde sea. El mundo ya ha sufrido lo suficiente como para no seguir las normas”.
  • “Yo creo en lo que dice la gente que sabe de medicina y si ellos dicen que nos tenemos que vacunar, pues nos tenemos que vacunar”
  • “Todos hemos pasado por momentos realmente duros; muchas familias han sufrido muchísimo en los últimos dos años de pandemia. Es normal que la gente aquí, en Australia, acabe muy frustrada con este caso, porque se han enfrentado a unos cuantos y muy duros aislamientos y ha habido muchísima gente que no ha podido volver a casa durante mucho tiempo”.

Sus palabras tienen valor no tanto por la causa concreta de la polémica (la invitación/exclusión del tenista serbio del máster de Australia), como por el mensaje que traslada a la sociedad: a favor de las vacunas, de la ciencia, del respeto a las víctimas, de la empatía con quienes han sufrido la enfermedad que él mismo ha padecido…

De la misma manera, en las razones de Djokovic (mucho más confusas) hay que distinguir entre lo estrictamente relacionado con su participación en el torneo y el mensaje que traslada a la sociedad y, muy especialmente, a sus innumerables seguidores. Su enorme repercusión pública le ofrece un liderazgo social e incluso le proyecta como un líder del movimiento antivacunas.

El tenista serbio ha asumido, con mayor o menor conciencia de la repercusión de sus actuaciones, una responsabilidad que puede haber escapado de su propio control. Pero eso no impide un análisis severo. Por su parte, el reconocimiento de la actitud de Nadal no obliga a compartir sus próximas reflexiones.

En esta sociedad cada vez resulta más difícil eludir interferencias indeseables en la toma de decisiones colectivas. La generación de los influencers de una u otra calaña reclaman una actitud crítica de un nivel equivalente, al menos, al de la proyección pública de sus autores. Y eso vale para un tenista y para un opinador con título de tertuliano. O para el cuñado de turno.

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