A Álex Grijelmo le gustan las analogías para bucear en el asunto que, junto al periodismo, más le interesa: el lenguaje. Y así, hablando de lo o de lo otro, que en muchas ocasiones son lo mismo, propone reflexiones interesantes sino e incluso estimulantes. Hoy, por ejemplo, aporta abundantes sugerencias con ese modo argumental en el que se entrelazan o entrecruzan realidades dispares y sendas diversas por las que divagar.

La información desestructurada abunda, pues,  en el estilo, pero deja un enorme interrogante solo resuelto con dosis de buena voluntad o quizás con un vuelva usted mañana.

Si en este tiempo la información se ofrece de una manera ciertamente desestructurada, la deficiencia no se resuelve en la mayor parte de los casos con la estructura del razonamiento de cada persona, porque este es precisamente uno de los problemas más graves en la sociedad contemporánea. En todo caso, la desestructuración de la información solo resulta singular en este siglo en términos cuantitativos; es decir, por la abundancia de información y por la abrumadora contaminación de la misma con elementos contrapuestos, tergiversadores.

Si en algún tiempo los medios de comunicación lograron estructurar la información, lo hicieron a su modo, sin eludir el riesgo de manipulación de cualquier mediación y fragmentando la realidad de manera artificial, lo que afectaba no solo a la percepción del escenario y, en consecuencia, a su posible transformación. La ventaja, o la comodidad, radicaba a lo sumo en que es más fácil descubrir de qué pie cojea alguien, cuando se observa su trayectoria, y más sencillo interpretar la cadencia de sus pasos, cuando se asume la desigual intensidad de sus pisadas.

En un tiempo en que todos los que caminan son cojos por culpa congénitas o aprendidas, de huesos o músculos, de rodillas o caderas…, todos los que miran apenas pueden constatar que este baile no hay quien lo entienda. Por culpa de la coreografía y de los ejecutantes. ¿Qué coreógrafo supremo podría obtener armonía de tanto desequilibrio? Lo peor de todo quizás sea que alguien se empeñe en que demos por bueno este ballet sacado, en el mejor de los casos, de un centro de rehabilitación. Y aún peor, pensar que esto es… ¡arte!

 

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