La abundancia de información precipitada se puede convertir en el mayor obstáculo para conformar una opinión pública responsable y, en consecuencia, para que la sociedad pase de la información a la acción, del análisis de la realidad a un proceso de transformación basado en lo que detesta y a lo que aspira.

La información caduca. La corrupción irrita mientras sorprende, luego cansa. La reiteración de datos informativos similares en torno a un mismo asunto aburre y el lector, oyente o espectador, en la mejor hipótesis, acaba abrumado ante su impotencia y elige otras noticias con las que olvidar o aliviar el agobio.

Así nada cambia. Y el que aguanta gana.

El estilo Rajoy o la estrategia del PP tienen sentido; quietos, parados, hasta que escampe, ya sea porque los ajenos se acostumbran a mirar el rostro cubierto de pústulas, porque al rival le salen granos en las nalgas o porque se pueden movilizar emociones en cualquier dirección autodestructiva. Los sucesos, el deporte, el cotilleo, el espectáculo de lo real convertido en reality, las imágenes, el barullo y la basura cumplen un papel decisivo para las maniobras de disuasión o distracción.

Nada más frustrante que la sobreabundancia de información, porque neutraliza la tensión e incluso el enojo. Para los aparatos políticos de comunicación hoy resulta más eficaz añadir confusión que esclarecer lo oscuro. Los medios ayudan a ese empeño: informativos de duración sempiterna, tertulias sin descanso, gritos siempre a deshora, mediadores de chicha y nabo que capitalizan la adhesión o el odio e impiden el debate crítico de las iniciativas o los programas.

Por todo ello, si alguien no más que un ciudadano se entera de que un vecino ha comentado algo inconveniente sobre su vida o sus actos, debe llamar a su puerta y deshacer el entuerto. Pero si tiene un cargo público, ante el mismo caso, deberá asomarse al patio de vecinos, insultar al del hombre apocado cuarto B por pendenciero, proclamar que las bragas de la señora del primero desvelan su condición fondona o explicar que, a tenor de las algarabías nocturnas de los jovenzuelos del portal, se va a instalar una máquina expendedora de preservativos con los que financiar los gastos de la comunidad o, si lo prefiere, que Gallardón ha facultado al presidente de la comunidad a celebrar bodas de urgencia a quienes sean sorprendidos en plena coyunda. Y así conseguirá que el vecindario deje de hablar de su propio lío.

¿Les parece una ficción ingeniosa? Pues nada de eso.

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