Italia, epítome de lo simple. Ahí estamos.

La victoria de la ultraderecha en Italia asusta a Europa. No parece una casualidad. Tampoco una anomalía imprevisible.

Se explica por la radicalización imperante, dicen unos. Otros lo justifican por el hastío ciudadanos de la manera de hacer política que ha asumido la sociedad actual.

Esas son la consecuencia de una realidad previa: esta, la nuestra, es fundamentalmente una sociedad simple.

***

La disputa clásica entre ideas grabadas a fuego sobre un marco ideológico firmemente establecido se da por fenecida.

Aquellas certezas no erradicaron realidades obscenas: la pobreza, la desigualdad, la falta de libertad, la conculcación de derechos individuales y colectivos.

Aquel tiempo de seguridades despreciaba la fuerza de la emoción y obviaba la incertidumbre.

***

Los sistemas democráticos han asumido, primero, y reforzado, después, el control de los poderosos sobre los intereses mayoritarios.

La clase social ya no basta para conformar un espacio político.

Se consolidan nuevas identidades de muy diverso signo: el feminismo, la ecología, el género, el origen o la raza, los nacionalismos de mayor o menor calado.

***

La izquierda tradicional (también la recién llegada) ha sido incapaz de acoger e incluso de entender las razones de buena parte de los descontentos.

Ahora las mayorías se tejen mediante confluencias tan diversas como frágiles o efímeras.

La derecha mueve sus fichas con mayor comodidad aprovechando las ventajas que le ofrecen las reglas indiscutibles de la partida.

El progresismo siente que la norma democrática le obliga a jugar a la contra y ahoga su impotencia responsabilizando a sus opositores sin alterar el tablero de juego.

La sociedad actual no entiende ni asume el laberinto de la realidad. No existen cartas de navegación para tiempos confusos. 

Las formaciones políticas esconden sus respuestas y rehúyen la complejidad que la sociedad reclama.

***

En la búsqueda de la mayoría los partidos se afanan en el discurso fácil y, sobre todo, simple, Para distinguirse abogar por el encono a costa del razonamiento.

La complejidad ahuyenta a los votantes y anima a los tahúres de lo simple.

Los argumentos se tiñen de emociones. Sobran las razones, que requieren esfuerzo y exigen riesgo.

La vertebración de la sociedad se ha tornado inaprehensible.

¿Estamos al albur de filibusteros? No del todo. Esa es nuestra opción.

***

Sí. Italia se ha convertido en un epítome de lo simple. Ahí estamos.

Artículo anteriorPor la igualdad, abolición de la herencia
Artículo siguiente¿De quién es la culpa?