Diez años que han vivido su mujer, sus hijos, su madre, sus hermanos, sus amigos, sus compañeros, la sociedad entera para la que trabajaba. Diez años que él no ha vivido.

De nada vale recordar aquella mañana en la redacción de Informativos Telecinco. Las primeras llamadas que preparaban las definitivas. Las preguntas iniciales en la sala de redacción o en los pasillos que presagiaban los gritos y los llantos posteriores. Los informativos que hicieron los mismos que no consiguieron verlos, por las lágrimas. Y luego…

Apenas ha servido recordar la barbarie de aquella mañana en Bagdad. El relato de los hechos que hicieron los testigos, el que trató de redactar un juez entre excesivas dudas, muchas vicisitudes y la insuperable cerrazón del poder insuperable. No hubiera aliviado el dolor, pero habría reconfortado la memoria colectiva, no ya la de sus allegados, sino la de todos los ciudadanos que en aquella guerra, como en su honor ha escrito Luis García Montero, “dependían de él”. Nunca lo olvides.

 

Este es el poema del escritor granadino publicado en infoLibre:

Conversación con un periodista

Luis García Montero

 

A José Couso

Tocar la piel del día.
Esa es tu tarea
hasta llegar al cuerpo de la historia.
Si las noticias pueden tener dueño,
los hechos no. Te llamará mañana
algún dios familiar o algún desconocido
para decirte lo que ocurre.
No aceptes su palabra
y mira con tus ojos,
habla con las razones de tu voz,
escribe con las dudas de tus manos.

Tocar la piel del día.
Debes estar allí.
Para contar la guerra,
oír la noche de los bombardeos.
Para nombrar el mundo,
sentir los ojos de la gente.
Para medir discursos,
sopesar las monedas y las sílabas
que caen en el suelo,
el funeral que llega por la plaza,
la mirilla que busca, el cañón que dispara.

Tocar la piel del día.
Estar allí para juzgar las causas,
hacerse responsable de los otros,
meditar soluciones,
el sudor de la vida, el testimonio,
contra la primavera virtual,
contra el silencio de los ruidos.
Esa es tu tarea,
tu oficio maltratado,
el loco enigma de la dignidad,
el terco corazón de la conciencia.

Tocar la piel del día.
Si las noticias pueden tener dueño,
los hechos no. Procura
que la imagen no pierda su mirada,
que las palabras no traicionen
el calor de los cuerpos que las dicen
y en cada letra exista
el mundo que has vivido
para contar el mundo.
Que por las redacciones no se extienda
ni la rosa marchita, ni el murmullo de plástico.

Yo dependo de ti. Nunca lo olvides.

 

A la luz de la emoción de Luis García Montero, y de la lucidez de su último verso, recuerdo a León Felipe: “Para enterrar a los muertos cualquiera sirve, menos un sepulturero”, nos decía.

Para contar lo que pasa cualquiera sirve, menos el periodista que transforma su responsabilidad en oficio y el oficio en deber, y así acalla el compromiso con un derecho que no le pertenece, porque es de todos los ciudadanos. Cuando un periodista entrega la vida por su compromiso con ese derecho de los demás, la sociedad está obligada a reconocerlo.

Esta fecha, diez años después de tanta ausencia, nos recuerda esa obligación cívica.

 

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