«ärtico». Gabri Velázquez, 2014

 Tras su afortunado paso por el Festival de Berlín, donde obtuvo una Mención Especial del Jurado de la sección Generation, y después de haber inaugurado la reciente edición del Cinema Jove de Valencia, se estrena por fin ärtico, cuarto largometraje de Gabri Velázquez. Tercero en solitario, teniendo en cuenta que el primero, el excelente Sud Express (2005), fue codirigido con Chema de la Peña.

A modo de continuación y ampliación del anterior, Iceberg (2011), del mismo modo que un océano glacial puede contener muchos de esos islotes de hielo a la deriva, el filme, cuya contemplación no requiere haber visto el anterior, aunque lo completa y desarrolla intencional y estéticamente, observa a un grupo de jóvenes que sobreviven en los márgenes de una ciudad de tamaño mediano, a la que una vez más presta su fisonomía Salamanca, pero no con las típicas imágenes de postal turística, sino con una visión periférica, hasta cierto punto distanciada y mucho más sugerente.

Los protagonistas, jóvenes casi adolescentes todavía, se van presentando alternadamente ante la cámara: Simón («Tener un hijo a los 16 años arruinó mi vida»), Lucía («Ni mi madre fue a verme a la cárcel»), Debi («Estoy sola, pero me voy a comer el mundo») y Jota («Sin familia no eres nadie»). Y esa cámara los capta en acciones más o menos rutinarias de su vida cotidiana: cuidando niños por encargo; cazando palomas que luego desplumarán las mujeres de la familia de uno de ellos; trapicheando con droga a cambio de poco; soltando cerdos y caballos de sus encierros respectivos por unos euros, pero sobre todo por el gusto de hacer daño; okupando una casita abandonada en pleno campo para poder cobijarse con relativa independencia; sufriendo en silencio desavenencias familiares y aun recibiendo duros castigos físicos; manteniendo relaciones sexuales y debiendo hacer frente a un embarazo no deseado, después de plantearse un aborto inaccesible; discutiendo constantemente, sin apenas palabras y más por malestar existencial que por motivos concretos…

Gabriel Velázquez –que firma Gabri esta vez, así como gusta de escribir ärtico en minúscula y con diéresis en vez de acento, para hacer la palabra más exótica, nórdica y heladora– sigue a esos personajes con delicadeza exquisita. Los sitúa en unos entornos naturales o urbanos que deslumbran por su belleza y sobrecogen por su soledad. Los envuelve en una atmósfera que, más que narrativa y argumental, es contemplativa aunque no por eso menos estimulante. Una especie de fresco impresionista y no sometido a convenciones dramáticas, sobre unos jóvenes que viven su marginalidad, su aislamiento y una forma sutil de desesperanza que conecta plenamente con muchos aspectos de la realidad actual, sin discursear ni moralizar sobre ella.

El director no sienta cátedra de nada ni pretende hacer una obra de tesis en ningún sentido. Mira y mima a sus personajes, encuadrándolos con extraordinario gusto fotográfico, que hace los ambientes más envolventes que condicionadores; enlazando las distintas situaciones con un montaje reposado, sin artificios estériles, puesto al servicio de las figuras humanas –y no al revés, como es habitual últimamente– y utilizando los sonidos y la música con carácter integrador, discreto, de apoyo y apertura más que de fanfarria y lucimiento.

En síntesis, una obra de madurez expresiva y vital, que no entusiasmará a los amantes de las acciones aparatosas, los efectos espectaculares, los superhéroes de cartón piedra digital y las naderías aventureras, pero podrá satisfacer y aun inquietar a quienes contemplan las imágenes con el deseo de dejarse afectar por ellas, de respirarlas con calma, de sentir en la piel y más allá los latidos de unas vidas amortizadas casi antes de empezar, frente a la indiferencia absoluta de una sociedad mercantilizada que les da la espalda sin reparar siquiera en su existencia.

 Nada que ver, pues, aunque nuestro título pudiera sugerirlo, con aquella soflama moralista perpetrada en pleno franquismo por Ignacio F. Iquino y llamada Juventud a la intemperie (1961). Si acaso, pero en un registro muy diferente, con la espléndida Los niños salvajes (2012), de Patricia Ferreira, que aborda problemas similares con una sensibilidad también parecida.

 

(Publicada en La Gaceta Regional de Salamanca el 26 de junio de 2014)

 

 

FICHA TÉCNICA

Dirección: Gabri Velázquez. Guion: Carlos Unamuno, Manuel García, Blanca Torres y Gabri Velázquez. Fotografía: David Azcano, en color. Montaje: Blanca Torres. Música: Pablo Crespo y Eusebio Mayalde. Intérpretes: Deborah Borges (Debi), Víctor García (Jota), Lucía Martínez (Lucía), Alba Nieto (Alba), Juanlu Sevillano (Simón), Eusebio Mayalde (tratante), Miguel Martín (Miguelón), Juanma H. Seisdedos (patriarca), Maite Iglesias (madre). Producción: Escorado Producción y 923 Producciones (España, 2014). Duración: 78 minutos.

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