La bruja de su señoría

El diputado insultó a la diputada (la llamó “bruja”) y se armó un buen cisco en el Parlamento. El diputado fue desautorizado por la presidencia, que llegó a expulsarlo del hemiciclo y, ante la resistencia del deslenguado, a suspender la sesión por diez minutos. Reanudada la actividad parlamentaria, el descalificado, juez en excedencia y catedrático de Filosofía del Derecho, hizo un guiño lingüístico para seguir en el Pleno y el debate se trasladó a los medios de comunicación, una vez comprobado que el Parlamento no tenía remedio.

En esas andaba, cavilando, cuando recordé que V. una niña de apenas tres años se enfadó mucho conmigo hace solo unos días, «No me gusta que me digas eso», me explicó. Le había llamado “brujilla”.

¿El diminutivo me exonera? ¿Tranquiliza que la intención fuera distinta? ¿Aminora el cariño la gravedad del insulto? ¿Cabe el perdón si se cita a la bruja hermosa de José Agustín Goytisolo que cantara Paco Ibáñez?

Me parece que no era a ella a la que se refería el diputado.

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