Algunos de los medios que más insisten en la corrupción se pasan la vida exigiendo ayudas a las instituciones y orientando sus editoriales y tribunas en función de las respuestas que reciben a sus reclamos.

Otros medios también beligerantes se mantienen gracias a las aportaciones de empresas tan altruistas como Telefónica, Iberdrola y otras muchas; también del PP, según se sabe.

Muchos periodistas incorruptibles han viajado gratis a los Juegos Olímpicos, a los Mundiales o a visitas turísticas invitados por empresas privadas de las que no consta que tengan programas dedicados a la mejora profesional del periodismo sino departamentos de relaciones públicas.

La corrupción siempre es de otros, hasta que alguien te la arroja a la cara.

La corrupción política es también empresarial. Fuera de ese sistema corrupto, la competitividad de algunas corporaciones decaería considerablemente.

La corrupción es el cáncer de lo público y también de lo privado. De los denunciados puúblicos y de denunciantes privados. Sin embargo, en el mejor de los casos, solo se castiga o se denuesta a una parte.

Y no es que esté mal, sino que resulta insuficiente.

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