La culpa del inocente

Ilustración de la agencia Reuters.

George Floyd pagó el último paquete de tabaco de su vida con un billete falso de 20 dólares. Christopher Martin, el joven de 19 años que trabajaba aquel día de cajero en la tienda de Cup Foods, al sur de Minneapolis, advirtió la falsedad de aquel dinero, pero prefirió callar aun a riesgo de que le descontaran aquella cantidad de su sueldo. Pensó que Floyd ignoraba que fuera falso. Pero el dueño del establecimiento sí lo advirtió y, tras la negativa de Floyd a volver a la tienda, llamó a la policía. Así fue como

la patrulla policial y el agente Dereck Chauvin llegaron al lugar en el que aún permanecía aquel hombre negro que, como pensó el cajero, tal vez había dado el billete por bueno.

Christopher Martin no duerme tranquilo desde entonces. “Pensé que le hacía un favor”, ha declarado en el juicio. Ahora lo lamenta. Si le hubiera advertido a Floyd de la falsedad del billete, lo piensa ahora, ni habría intervenido la policía ni George Floyd, un hombre que se movía con soltura y parecía sociable, habría tenido que pedir, cuando le apuntaron con una pistola en la sien, que no le mataran, ni habría tenido que repetir hasta 19 veces, desde que la rodilla de Chauvin le hundió la cabeza contra el bordillo, que no podía respirar.

A Floyd lo mataron y se convirtió en un símbolo. Chauvin mató y su defensa ofende. Gente tan inocente como Martin se siente culpable.

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