Frente a la complejidad de la situación política tras las elecciones del 20D, que han dejado la formación de gobierno al borde de lo improbable pero cerca de lo posible, el primer estudio demoscópico publicado asegura que el 61 por ciento de los ciudadanos desea que los partidos alcancen algún tipo de acuerdo. Puede parecer razonable.

imagesSin embargo, cuando se les pregunta cuál es la fórmula que cada uno de ellos elegiría, el 70 por ciento se decanta por “la que decida el partido que voté”. No sorprende que esa respuesta sea aún más mayoritaria entre los votantes del PP (79%), pero también supera la media entre los de Podemos (74%) y los del PSOE (73%), y se quedan en la media justa los de Ciudadanos (70%).

El dato resulta mucho más significativo que las intenciones de voto tras las vicisitudes poselectorales e incluso que las expectativas sobre acuerdos o consensos. En esos datos se cuestiona el fondo del sistema político, de la democracia que tenemos.

¿Cabe así alguna solución a los problemas de representación –los simbolizados en el “no nos representan”–, cuando el nivel de decisión, de participación, de intervención crítica, de movilización ciudadana se sitúa en esos términos? Hubo un tiempo de desactivación de la ciudadanía que tiene responsables. Pero, más allá del ruido de las concentraciones, los círculos o las asambleas minoritarias, ¿hay algo más?, ¿quién lo nota? ¿alguien lo alienta?

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