La emoción de un regreso sin destino

En este tiempo desconcertante, en el que la vida se paraliza frente a la incertidumbre, Antonio Muñoz Molina construye un relato que, a partir de las reflexiones que impone la pandemia, le lleva a rescatar con sosiego la memoria más personal, la infancia, la familia, el paisaje, la vida cotidiana, incluida su propia manera de afrontar la tarea de escribir.

Junto al relato de la experiencia compartida, la solidaridad de los aplausos, la ciudad detenida, la responsabilidad de muchos y la irresponsabilidad de otros, la desconfianza que generan los gestores de lo público y el estímulo de otros comportamientos, el escritor se enfrenta frente su balcón–observatorio a lo más íntimo, para desde allí reanimar las expectativas que sustenta la familia más lejana, la compañera, los hijos y, de manera especial, Leonor.

La inquietud por el desconcierto presente aviva la memoria. Muñoz Molina acude a las personas y los lugares que le explican, al origen y los afectos, imprescindibles para entenderse y ser entendido. Y eso es lo que anuncia Volver a dónde. El punto de regreso está perfectamente definido y emociona, el de destino se antoja mucho más incierto.

La última obra del escritor jienense –en esta ocasión el lugar de nacimiento está íntimamente relacionado con su relato, al igual que Madrid, su ciudad de residencia en este tiempo– puede parecer un trabajo obligado por una realidad absorbente, un ejercicio de estilo en el que dejar constancia de ese tiempo imprevisto, pero a medida que se avanza en la lectura se impone el sentido profundo y coherente del relato.

Volver a dónde ratifica la brillantez narrativa de Antonio Muñoz Molina y su condición de imprescindible en el panorama actual  la literatura en español. Invitar a leer su obra es, al tiempo, una invitación a disfrutar. Y en esta ocasión, para algunos en particular, a recuperar momentos y experiencias de una niñez irrepetible y fascinante, pese a la escasez y el rigor; otro tipo más dulce de pandemia.

Artículo anteriorEl novel que llegó a Nobel
Artículo siguienteCanto a una vida segada en La Moneda