La guerra inexplicable

Punto de partida o punto y final. El enfrentamiento entre Isabel Díaz Ayuso y Pablo Casado tiene un único objetivo: pura lucha por el poder.

El desafío y la provocación entre uno y otro era pública. Pero lo que saltaba a la vista escondía la vileza y la miseria con que se desarrollaba el encono.

Cinco meses después de que Casado y Ayuso se dijeran cara a cara su mutua aversión, se hizo público lo que ellos sabían en privado. Con una agresividad inédita, impensable.

Ayuso ha ido amasando el prestigio social que Casado ansiaba. Mientras, el líder máximo del partido perdía de crédito, e incluso de autoridad, para frenar a su recomendada.

Alguien ofreció a Casado un arma letal. La guardó en el desván. Bastaría con mostrársela a la propia Ayuso para conseguir su rendición. No lo logró.

Durante cinco meses ella ignoró la amenaza. Casado tramó en ese tiempo que pareciera un accidente y encargó a su principal colaborador que pusiera a punto la celada.

Llegó el día. Casado buscó la rendición de Ayuso. Le mostró su arsenal, suficiente –­creía él– para denigrar toda la decencia y la honorabilidad de las que ella presumía.

En publico, Ayuso eludió el ruido que se urdía contra ella y se afanó en incrementar el respaldo popular que sus huestes le profesaban. Con éxito. Hasta que decidió acabar con la monserga.

Convocó a los medios de comunicación y, tras anunciar que había sido espiada por su propio partido, acusó con una dureza inédita a su máximo dirigente de crueldad. De infamia.

El tono empleado por Ayuso ponía en evidencia que la eficacia mortífera del armamento de Casado ya no tendría una única víctima. Podría acabar con la vida política de la líder madrileña, pero también con la de su homicida.

La flecha se convirtió en boomerang. Y Casado, inconsciente de que su propia vida estaba en juego, avanzó en su plan; ya, sin disimulo. A toda vela.

Acudió a la emisora amiga y espetó: “Lo que está en cuestión es si es entendible que el 1 de abril (de 2020), cuando morían en España 700 personas (diarias), se puede contratar con tu hermana y recibir 286.000 euros de beneficio por vender mascarillas”.

Frente a la acusación por espionaje, él arguyó la de corrupción flagrante en medio de una situación extrema para toda la sociedad española. De las rencillas más o menos larvadas se había pasado a la guerra nuclear (Aznar dixit).

Advertido del dislate por sus propios correligionarios, Casado busca un armisticio, lo peor que puede hacer quien ha puesto en marcha una contienda. Reconocer su propio disparate. Derrota por retirada.

Un error de cálculo imperdonable en el contexto bélico. Casado había pretendido sobrevivir a costa de guardar un cadáver en su armario. Ayuso prefería morir matando.

La historia continúa. Este no puede ser el final, porque no se trata de un juego de sobremesa ni siquiera de un torneo en el circo para disfrute de espectadores sanguinarios.

El desafío afecta a la sociedad entera, aunque ninguno de los protagonistas quisiera contar con ella.

Pero…

¿Cómo pueden aceptar los ciudadanos que los asuntos que conciernen a todos se diriman a través de intrigas palaciegas o soflamas sin principios?

¿Cómo asumir que en medio de la pandemia y la muerte de decenas de miles de compatriotas se favorezcan negocios contrarios a los intereses ciudadanos?

¿Cómo apagar la investigación de un negocio turbio que huele a podrido para proteger la impunidad de quienes han jugado con fuego?

¿Cómo dar por legítimo lo que ayer era un delito?

¿Cómo argüir como excusa una rectificación que carece de datos y argumentos?

¿Cómo acallar lo que se gritó en nombre de la legalidad y la decencia?

¿Quién va a creer a este cartel?

Eso es lo que está en juego: la posibilidad de convivir en confianza.

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