La Iglesia que roba los bienes ajenos

Se podría denominar “apropiación indebida” o, para una más fácil comprensión, simplemente “robo”, que es un término y concepto que la gente entiende con mayor facilidad. Eso es lo que se produce cuando alguien se apropia de lo que le pertenece y eso es lo que se desprende del reconocimiento de la Iglesia católica española de haber “inmatriculado” (otra denominación encubridora) alrededor de mil propiedades ajenas.

Entre tales propiedades se encuentran edificios, viviendas, colegios, terrenos rústicos y urbanos repartidos por toda España. O sea, nada que se pudiera haber guardado inadvertidamente en un bolsillo, sino bienes ostentóreos, según la calificación creada en su día por Jesús Gil.

Para llevar a cabo la fechoría la Iglesia contó con la colaboración del gobierno de José María Aznar, que le confirió la potestad de apropiarse de lo que tuviera a bien sin necesidad de encomendarse a Dios o, mucho menos, al diablo, aunque este sea –o eso parezca– el único valedor de las artimañas teologales esgrimidas por la santa madre.

Dicen algunos cómplices de la picardía o la felonía, según se quiera, que lo reconocido es una menudencia, menos de 3% de los 35.000 bienes inmatriculados. ¿Quién no sufre un despiste con tanta faena acumulada?

La pregunta es otra: A cambio de esta modesta confesión, ¿qué pretende la Iglesia y cuánto está dispuesto a darle el Estado para que no vuelva a su ardor guerrero?

Las inmatriculaciones pueden ser en realidad pecata minuta según con lo que se Las compare en relación con otras generosidades: exención de impuestos, ayudas estatales,  elusión de responsabilidades relativas a la conservación del ingente patrimonio cultural de interés público –un mantenimiento que siempre corre a cargo de cuentas ajenas a la del propietario de los bienes, sin que este renuncie al precio de la entrada–, participación discriminatoria respecto a los infieles en el IRPF… y tantas otras bagatelas. Todo ello forma parte de la renuncia a algunos de los mandamientos. El de no desear los bienes ajenos, por ejemplo.

Por eso la “apropiación indebida” solo pone de manifiesto la realidad inequívoca de un abuso…

(Que cada sustituya los puntos suspensivos por el adjetivo calificativo que tenga a bien. O a mal).

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