Las vísperas de los Reyes Magos, e incluso la misma fiesta, son días propicios para explicar el recelo (es más elegante denominarlo actitud crítica) que los ciudadanos deben mantener ante los medios de comunicación, incluidos los que cada uno de ellos haya elegido para informarse. Sé que reincido cada año en este asunto, anonadado por lo que veo.

Recuerdo mi propia infancia. Era el más pequeño de la clase, casi dos años de diferencia con el resto de compañeros. Cuando ellos estaban al cabo de la calle de la auténtica realidad de los Reyes Magos, yo aún creía ciegamente en su existencia. Me negué a creer a mis colegas cada vez que trataban de advertirme de mi error o mi ignorancia. Como prueba definitiva de mi fe aducía que en casa había una foto en la que aparecía sobre el regazo, creo recordar, del rey Gaspar. Irrefutable. Cuando los inductores del engaño, mis padres, convinieron que ya tenía edad para salir de aquel error o aquella ignorancia –sacarme del error y la ignorancia en absoluto era, como ahora mismo se puede comprobar, tarea inabarcable para ellos y para la humanidad entera–, no sentí ninguna decepción por el engaño (ningún reproche a mis padres), pero sí por mi torpeza, por no haber reconocido verdad de la que se me había advertido.

Por ello, tal vez, magnifico el tratamiento que la televisión ofrece a esta fiesta año tras año, y cada vez peor.

Produce cierto pudor adentrarse en el análisis de este fenómeno por cuanto pertenece a una tradición en la que, además, la mayoría de los ciudadanos ha participado consciente, voluntaria y alegremente, con una fuerte carga emocional. Pero cabe intentarlo.

Difiere mucho la celebración de la fiesta en el entorno familiar –con su carga cultural, simbólica y emocional– de su transformación en hecho objetivo, noticioso, tratado como acontecimiento verídico. Los padres pueden decidir si el engaño está justificado por su carga lúdica, la ilusión o el efecto estimulador que provoca en sus hijos. A los medios informativos no les corresponde sacar a las criatura de la falsificación, pero tampoco a incrementarla, porque pueden mantener una neutralidad impecable. 

Cabe informar sobre lo real: del incremento de ventas de juguetes o del número de hogares carentes de medios para la celebración; de la pervivencia de una tradición singular, que no ha cedido a otras competidoras (Santa Claus/Papá Noel, por ejemplo), o de la existencia del espectáculo de las cabalgatas que concitan multitudes en pueblos, ciudades y televisiones por todo el país; del carácter simbólico o religioso de la fiesta o de su absoluta privatización y comercialización, etcétera.

Cuando se participa activamente en la mixtificación, en apoyo de intereses ajenos, de sectores económicos e ideológicos muy concretos; cuando se rompen los códigos propios de la información, como el rigor, la veracidad y el imperio de los datos, se adultera el objetivo de los medios informativos y se rompe el contrato entre estos y sus usuarios (lectores, oyentes, espectadores o lo que sea). Por ese motivo, desde hace ya algunos años los medios de comunicación han ido renunciando cada vez en mayor medida a las inocentadas del 28 de diciembre. Pues bien, la de los Reyes es la mayor inocentada urdida por unos y otros.

Lo falso no se puede transformar en algo cierto y, por ello, no se puede aceptar que el pequeño ámbito que aún le queda (o quedaba) a la información dentro de la programación televisiva se contamine de hechos irrelevantes. El subterfugio de la complicidad con la costumbre no pasa de ser un subterfugio, porque no se trata de impugnar el derecho de los padres a la imaginación y la fantasía (por decirlo de alguna manera), sino tan solo de no pervertir los objetivos de otras instituciones, especialmente relevantes en la sociedad actual, como los medios de información.

Pocos hechos revelan mejor la degradación de los informativos de televisión –su creciente banalización, espectacularizacion o tergiversación– que el tratamiento de una ficción como un hecho no solo real sino relevante.

 

 

 

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