Su madre, nacida en Vietnam, nunca supo leer. Emigrada a Estados Unidos tras casarse con un militar norteamericano, tampoco aprendió inglés. Se negó a entender el mundo en el que vivió; ni siquiera supo de algunas de las experiencias más íntimas de su niño. Pero le educó y le quiso. Y él, al cabo de los años y de la muerte, reconoció que “te echo de menos más de lo que me acuerdo de ti”.

Por eso le escribe esta carta, para explicarle a ella lo que compartieron y lo que se ocultaron, aunque, en realidad, “más que una historia, te estoy contando un naufragio: sus pecios flotan, legibles al fin”. A sabiendas de que, como proclama el texto a cada rato, “la mirada es un acto singular: mirar algo es llenar con ello tu vida entera, aunque brevemente”.

De eso trata En la Tierra somos fugazmente grandiosos (Anagrama 2020), un libro fascinante. Ocean Vuong, cuyos primeros poemarios ya encontraron amplio eco, invita al lector a compartir múltiples preguntas que desvelan su hondura e incluso su ética lírica: “¿Eso es el arte? ¿Conmovernos al creer que lo que sentimos es nuestro cuando, a la postre, es alguien distinto quien, anhelante, nos encuentra?”.

Este relato conmovedor es esencialmente íntimo; se explica desde el dolor y la belleza, también de la violencia y el desprecio, donde se confluyen la identidad y el desarraigo, el compañerismo y la sexualidad, la debilidad y la lucidez. En ese ámbito recóndito el narrador explicita sus dudas y su resistencia; también su empatía: “Dicen que la adicción podría estar asociada al trastorno bipolar. Es la química del cerebro, dice. A mí me ha tocado una química equivocada, mamá. O, mejor, no me ha tocado bastante de una o de otra. Hay una píldora para eso. Hay una industria. Ganan millones con ella. ¿Sabías que hay quien se hace rico con la tristeza de la gente? Me gustaría conocer al magnate de la tristeza norteamericana. Me gustaría mirarle a los ojos, estrecharle la mano y decirle: ‘Ha sido un honor servir a mi país’”.

La ironía asoma con frecuencia; sobre todo, cuando observa la realidad que le rodea: “Lo bueno de los himnos nacionales es que ya estamos de pie, y por lo tanto listos para correr”, “No es justo que la palabra ‘verso’ esté dentro de ‘perverso’”. “Cuando Houdini no logró zafarse de las esposas que lo atenazaban en el London Hippodrome, su mujer, Bess, le dio un beso largo, profundo. Y al hacerlo le pasó la llave con la que pudo liberarse. Si existe el cielo, creo que se parece a esto”.

Los hechos y la forma de narrarlos se someten a una ética básica y a una realidad habitada por ser vulnerados, amén de vulnerables. “Vuelvo a pensar en la libertad, en cómo el ternero es más libre que nunca cuando le abren la jaula y lo conducen al camión que lo llevara al matadero. Toda libertad es relativa, tú lo sabes muy bien, y a veces no es libertad en absoluto sino simplemente la jaula que se hace más grande, y los barrotes se distancian, pero siguen allí, como cuando se ‘libera’ a animales salvajes en reservas naturales solo para mantenerlos dentro de lindes más grandes. Pero yo acepté ese ensanchamiento, de todas formas. Porque a veces basta con no ver los barrotes”.

Este libro es, en fin, un poema apasionado y sincero, una confesión en carne viva, sin subterfugios, con la voluntad de volver a la razón de todo: “Estoy pensando otra vez en la belleza, en cómo algunas cosas se persiguen porque las hemos juzgado bellas. Si, comparada con la historia de este planeta, una vida individual es tan corta, un abrir y cerrar de ojos, como suele decirse, entonces ser glorioso, incluso desde el día en que has nacido hasta el día en que te mueres, es ser glorioso durante un tiempo breve. Como ahora mismo, cuando veo el sol en el horizonte, muy bajo tras los olmos, y no puedo saber la diferencia entre una puesta de sol y una alborada. El mundo, al enrojecer, me parece el mismo, y no sé distinguir el este del oeste”.

Ocean Vuong seduce desde la aceptación de la fragilidad y la fugacidad: “Dicen que nada dura para siempre, pero tenemos miedo a que no pueda durar más de lo que dura nuestro amor por ello”. De todo ello trata, con dolor y belleza, En la Tierra somos fugazmente grandiosos.

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