Los cuentos buenos siempre terminan mal. En los malos, los protagonistas deben pasar múltiples calamidades, pero al final triunfan, ligan y comen perdices, todo a la vez, que ya es tener ganas.

El cuento de Esperanza Aguirre tenía toda la pinta de ser un cuento malo. Esta princesita de buena familia, un punto naif, mezcla de Loewe y Agatha Ruiz de la Prada, aunque bulliciosa, inquieta, descarada, parecía no enterarse de nada, pero hacía y deshacía a su antojo, sonrojando a unos y suprimiendo a easos y a otros de las páginas por venir.

El destino, ¡ah!, la deparaba pruebas arduas y adversidades extremas a las que se enfrentó con un espíritu saltarín, bajo el que se escondían artes barriobajeras  disimuladas por el pelo de la dehesa acorde con su condición de terrateniente, condesa y chulapa de mantilla y canesú.

Nada la detuvo. Ni el helicóptero que, sobrepasado de peso (sin que cupiera atribuirle a ella culpa alguna del exceso), se desplomó junto a la plaza de toros de Móstoles; ni los terroristas que atentaron contra el hotel de Bombay donde se alojaba y del que escapó en calcetines tobilleros; ni las turbas de plumillas que a diario la asediaban en pasillos y paseos.

Ni el dúo de ópera bufa Tamayo y Sáez, ni la turba de colaboradores tan fieles a su patrocinadora como a los fondos negros de la Gurtel (que acabaron confundiendo la oscuridad con el mecenazgo), ni quienes promovieron su enfrentamiento con el  todopoderoso mayordomo de su partido mariano.

La protagonista del cuento malo no se sintió abatida por las asechanzas. Las sorteó con dotes taurómacas, porque tiene no solo afición sino donde entrenar, o con un desparpajo inexpugnable por una mezcla de provocación y asombro que aplacaba la irritación en beneficio de lo inédito o, tal vez, lo inexplicable.

El cuento buscaba un final, y de pronto surgió un incidente aparentemente menor: los municipales cazaron su coche estacionado en el carril bus de la Gran Vía madrileña, mientras ella sacaba unas perrillas del cajero automático; los vigilantes, implacables, sabedores de que tenían en su listín a una heroína, la multaron, y ella, abrumada por una fotografía que podría delatar su rostro airado, arrancó el coche llevándose por delante la moto de los guardias y negándose a ceder ante sus perseguidores hasta alcanzar el cobijo oscuro del garaje doméstico.

Un incidente menor en su trayectoria mayor desveló que no era una conductora ejemplar. Si el día que acudió a su investidura en la Asamblea madrileña pilotando su propio coche, al verse recibida por una multitud de periodistas y curiosos, se largó dejando las luces encendidas y el coche en marcha, en esta oportunidad se dio a la fuga, al estilo Farruquito, aunque con menor alevosía, poniendo en entredicho sus habilidades conductoras. Adujo que llevaba un coche muy grande (para llevar a sus nietos) y que por eso tropezó con la moto de los guardias, pero la coartada solo ponía en evidencia que quizás el coche, la conducción y hasta la conducta le resultaban demasiado grandes: ponía en riesgo a los propios y a los ajenos.

 

Advertido el problema, su reacción agravó el pronóstico: cuando quiso explicarlo, la lideresa naif se desveló un cabo chusquero. Y de ese modo el cuento que olía a malo empezó a parecer bueno. El final adverso convierte la historia mala en buena literatura.

Esperanza ya tiene quien la escriba. Pero a ella no le va a gustar.

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