La mirada del Gafotas que revuelve la España vacía

La España vacía tiene quien la escriba. Cada día más. El bum (se escribe así, o eso parece) de lo rural se ha instalado en las librerías a la vez que a muchos responsables públicos se les iba llenando la boca de señuelos, proyectos, promesas y fondos por venir con los que aparentar su compromiso con quienes se habían quedado sin voz ni compañía. La crítica a los dirigentes políticos es fácil –carecen de proyecto–, pero tienen excusa: esta sociedad no es reversible por más discursos que se acumulen. Y mucho menos, a corto plazo, de la noche a la mañana, porque los eslóganes, los concursos de ideas e incluso buena parte de las bienintencionadas iniciativas que se esparcen por doquier carecen de auténtico respaldo social. La palabrería no germina en la tierra.

La España vacía cuenta últimamente con muchos escribanos, pero el título que mejor la reconoce, por más que hayan querido arrinconarlo, tiene progenitor. No tanto porque Sergio del Molino fuera el primero en darse cuenta de una realidad ya glosada por Miguel Delibes o Julio Llamazares –por no remontarnos al Siglo de Oro o al 98–, sino porque él codificó un concepto que removió la resignación secular de quienes se saben desposeídos desde la cuna y porque animó a los oportunistas con cargo a simular que querían y podían hacer algo. Y así andamos, poniendo tiritas a un abandono tan forzado como voluntario, inventando paraguas que no amparan a los interesados como el turismo sostenible, la repoblación inmigrante, la reinvención del solomillo morucho, la ecología de economato o la palloza biodegradable.

En tales circunstancias cabe entender que Sergio del Molino haya tenido que volver sobre sus pasos para defenderse al ataque: Contra la España vacía. Las simplificaciones carecen de futuro y nadie mejor para ponerlas en solfa que el mismo que sirvió de excusa para alentar una nueva manipulación sobre la impotencia de la mayoría de los individuos frente al poder de los entresijos de una sociedad sólida, líquida e incluso gaseosa.

En este Lagar ya se dijo que el valor de la obra original de Sergio del Molino “no radicaba tanto en las conclusiones (pocas y, en ocasiones, matizables) ni en el análisis de un conglomerado de hechos perfectamente documentados sino en el filtro a través del que el autor observa: experiencias, lecturas, viajes… y, también, su capacidad narrativa”. Por eso, se añadía, “junto a la riqueza de sus aportaciones, este ensayo sobresale porque está escrito con esmero y, casi siempre, con brillantez”.

Para comprender la dimensión de La España vacía resultaba imprescindible abordarla como “un mapa imaginario, un territorio literario, un estado (no siempre alterado) de la conciencia” y entenderla en el contexto de las “cuestiones sobre la identidad y la memoria”. Sergio del Molino lo sustentó en un ensayo profundamente cultural.

Ahora ha vuelto sobre todo aquello haciendo acopio de lecturas que tamiza y redirige hacia interpretaciones con frecuencia polémicas, pero siempre sugerentes y muchas veces brillantes. De su capacidad narrativa no caben dudas desde que logró sobreponerse a la tragedia personal con La hora violeta, un relato formidable. De su capacidad analítica dejan constancia no solo sus textos más ambiciosos sino también sus colaboraciones más alimenticias y espontáneas, ya sean en El País o en Onda Cero. En cualquier caso el periodista residente en Zaragoza mezcla ingenio y provocación para observar la realidad con la mirada del Gafotas que es y que así se reconoce: un tipo que carga de sugerencias agudas y sutiles el claroscuro de la realidad que perciben sus ojos.

Me repito: “Desde esa perspectiva se debe leer este libro y, una vez leído, valorarlo. Y disfrutarlo”.

 

La España rural: sociología, cultura y conciencia

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