Demasiada pose para tan poco poso

Las solemnidades no curan el enojo.

El presidente del Gobierno eligió un marco hierático sin pizca de tensión, rodeado de los suyos: una claque a sueldo.

No entendió, o no quiso entender, que solo el riesgo hacen creíble la firmeza y el valor.

Hubo frases cortas, aparentemente rotundas, sin entonación. Reconociendo que leía; es decir, que hacía lo que no debía hacer.

 

¿Por qué solemnizar lo previsible, lo gastado, el enroque para aguantar el reloj?

La intervención partió de un principio: lo dicho sobre las cuentas del PP y los sobresueldos, todo, absolutamente todo, es falso.

No podía, sin embargo, avalar de manera irrefutable la veracidad de sus palabras y, por ello, buscó argumentos con los que reclamar confianza en él y en su partido, para negar crédito a lo que se dice y a quienes lo difunden, repudiando los efectos que genera.

Así solemnizó su compromiso absoluto con la transparencia, el rigor y la diligencia.

¿Podía decir lo contrario, sin haber presentado ya la dimisión? No, pero en ese caso, ¿bastaba con anunciar la inmediata publicación de sus declaraciones de renta y patrimonio? El dinero negro no consta y, por ello, no se declara ni se audita. ¿Por qué  empeñarse, entonces, en proclamar la eficacia terapéutica del placebo? ¿Presentar esa excusa como la gran solución significa que se quiere engañar?

 

La segunda línea argumental buscó la descalificación de los insidiosos y la conspiración con acusaciones presuntas, con notas sin autoría ni emisarios conocidos, para atacar al presidente del Gobierno, no se sabe con qué intenciones, aunque poniendo en peligro a toda la sociedad española.

El contubernio, pues, como excusa frente a unos datos que, con visos de verosimilitud, intranquilizan y preocupan, hasta indignar a demasiados ciudadanos por la inacción, el asombro y el pánico que denotan los supuestamente, sí supuestamente, implicados.

En ese contexto aparecen expresiones de otra época: “que resplandezca la verdad”, “sin la menor sombra de duda”, “fariseísmo”, “los que ganan en este río revuelto” y una acusación directa, la única, al líder de la oposición, pese a que éste no haya merecido ser nombrado el adalid de la queja o la denuncia. No merecía, la verdad, tanto reconocimiento.

 

El presidente se ofreció personalmente como avalista. “Ganaba más dinero con mi profesión”, “vine a la política perdiendo dinero”, y concluyó con una afirmación ofensiva: “yo sé ganarme la vida”. ¿Esa es su garantía para eludir esta podredumbre?, ¿a quién denigra u ofende?, ¿a quienes no pueden ganarse la vida por decisiones del propio Gobierno?

Pareció un error elemental. Máxime, cuando él mismo reiteró que le avergonzaba (y en eso sí tenía razón) utilizar tales argumentos.

 

Concluyó con una provocación. Dijo, rotundo, que el PP ha actuado con contundencia cuando ha existido algún comportamiento dudoso. De repente, se aparecieron, claro, todos los fantasmas de Camps y el PP valenciano, de Matas y el PP balear, de Baltar, de Gurtel y los muchos amigos, del propio Bárcenas, al que mantuvo hasta ayer mismo.

Se acabó la discusión. Con tal argumentación, nada se puede esperar, nada se puede creer.

 

¿Por qué hizo esto?

Él sabrá. ¿Para parar el reloj, aguantar a que se agoten los documentos más siniestros, preparar una defensa que conduzca a la prescripción del delito, aunque eso no signifique que prescriban los hechos?

 

¿Se podía hacer de otra manera?

Por ejemplo, se podía ratificar la gravedad de los datos que han aparecido en los últimos días; aceptar la importancia democrática del periodismo, como es el caso; reconocer que no siempre se ha actuado con la transparencia y con la contundencia necesarias; ofrecerse a esclarecerlos hasta el fondo; apartar del control de la primera línea, al menos, a quienes puedan haber tenido responsabilidades… Perseguir a Bárcenas y a todos los de su estirpe, no al mensajero.

Todo eso, claro, si está convencido de que él y su partido no participaron en las fechorías, porque en ese caso, la verdad, sí se entiende que buscaran el ejemplo de Sagunto o de Numancia.

 

Peor lo tenían ellos. Pero fueron más valientes. La solemnidad que les ofreció la historia llegó después

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