El presidente in pectore se reúne con banqueros principales para preguntar a los que saben y deciden o, al menos, a quienes hablan y dicen entender a los que deciden y saben antes de decidir, hablar y, tal vez, pensar.

El presidente saliente se despide otorgando un indulto a un banquero condenado por mentiroso, porque le consta que el engaño en un banquero es menos grave que una jaculatoria en un ateo y porque él también mintió y más vale que exista legislación al respecto.

Antes a cada nuevo presidente se le escudriñaba por su primera decisión, su primer viaje, su primera vez. Era un signo de benevolencia: ya tendría tiempo de meter la pata. Ahora, con el personal más que enojado con los mercados, que no sabe quiénes son, y con los banqueros, que sí saben quienes son, al nuevo presidente, tan callado, tan discreto,tan depende,  le da por la transparencia: las cosas claras, como dios manda.

A cada presidente saliente se le solía hacer un juicio sumarísimo para explicar las razones por las que el pueblo soberano había decidido ponerle de patitas en la calle. Ahora, tal vez para acallar ese clamor, al viejo presidente, del que se rumoreaban ciertas simpatías con los banqueros, le da por despedirse con una carantoña a un prócer del sector.

Hay algo, sin embargo, incomprensible. Cuando a alguien le gusta el vecino o la vecina del quinto se empieza mirándolo/la de reojo, tocándole la mano y, al cabo de un rato, buscándolo/la en la ducha o en la cama. ¿Por qué aquí lo hacen al revés?

¿Querrá decir algo que lo último de uno sea lo primero del otro? ¿Podríamos hacer un tratado al respecto? ¿Es este un argumento definitivo contra el bipartidismo? ¿Se ha dado cuenta Rosa Díez?

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