Hay libros que se deben leer poquito a poco. Casi página a página. Un diario, por ejemplo. Si así se escribió, así debe leerse. Si el autor lo pensó como un ejercicio sin prisas, el lector debe acomodarse a esa pausa, para entender, degustar o simplemente compartir el ritmo del escritor. Es un punto de vista. Puede haber otros.

En cualquier caso, así lo pensé y así me lo propuse cuando abrí Lo que cuenta es la ilusión, el dietario de Ignacio Vidal-Folch en el que acumula notas, citas, reflexiones, relaciones, humor… Y así lo ratifiqué tras acometer las primeras páginas: el ingenio y la densidad del texto se advierten en las primeras escaramuzas. Merecía la pena no atiborrarse de hechos, referencias, citas, alegorías. Además, el relato concluye aparentemente en cada apartado, lo que favorece la calma y ésta, la digestión de un menú a todas luces hipercalórico.

Pronto se entiende que la propuesta desborda la yuxtaposición o la acumulación de notas, comentarios, reseñas o narraciones, para ofrecer una mirada global en la que se funden la vida, la condición humana, el arte y la cultura; la irrefutable realidad, con sus nimiedades y sus conflictos, se entiende y se forja en la literatura, la pintura o la música.

Ignacio Vidal-Folch, en definitiva, muestra a través de su diario una manera de ver y entender el mundo y la vida, pero también una manera de pensar y ser, de expresarse a sí mismo. Y cuando todo esto queda claro se hace imposible cumplir el plan original. Definitivamente seducido por la brillantez de las reflexiones, las anotaciones, las referencias culturales, la ironía, surge la ansiedad: se busca saber más, comprenderlo todo. Una quimera. La complejidad de la vida y la lucidez del que la observa impiden una recreación o un código cerrado.

La interpretación debe quedar abierta cuando lo que cuenta es la ilusión.

Hacer Comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.