Cuando llegan las catástrofes o las noticias estremecedoras, empieza la competición de las ayudas. Antes eran los gobiernos los que se disputaban el ranking de la generosidad; los mismos gobiernos que había desatendido e incluso expoliado a los lugares y a los habitantes en aquel momento, solo en aquel momento, “damnificados”.

De un tiempo a esta parte, lo hacen las ONGs o similares. En parte por la abdicación de los Estados a la solidaridad, en favor –dicen ellos– de la sociedad civil o de esas asociaciones benefactoras a las que se les reconoce, no ya el mayor interés, que parece fuera de duda, sino la mayor capacidad para articular las ayudas inmediatas.

La solidaridad que guarda relación con la justicia (universal, si se quiere) ha cedido paso a la generosidad (individual) de los voluntarios, a las aportaciones caritativas de algunos ciudadanos (no importa cuántos), a la profesionalización de los cauces (alternativos y privados) de las ayudas.

Para unos es el triunfo de la sociedad civil. Para otros, una manifestación más del fracaso de los Estados, de sus gobiernos, del modelo de la sociedad en que vivimos y de la organización que hemos aceptado.

Los partidos en jornadas electorales callan. Se desconocen propuestas alternativas. Unos, para quitarse el muerto e incluso a los muertos de encima. Otros, porque prefieren ignorar el debate: cuestionar las cosas tal y como están puede resultarles contraproducente.

A propósito del último terremoto de Nepal hubo expertos que expusieron los problemas de coordinación en otros casos similares. Decían que las ayudas apresuradas que llegan en los primeros momentos desde muy diversos lugares tropiezan con la falta de coordinación de los organismos receptores: los aeropuertos se bloquean con aviones cargados de buenas intenciones que no resuelven las necesidades más urgentes sino que la entorpecen.

Por encima de esos detalles, quizás significativos, se extiende una sensación: los Estados, los gobiernos, el conjunto de la sociedad ha dejado de ser  responsable de la pobreza y la desgracia de los extraños. Y los ciudadanos, en consecuencia, se debaten en la contradicción de requerir un uso solidario de sus impuestos o afrontar a través de sucedáneos las tragedias que les conmueven; es decir, entre el esfuerzo inútil y la aceptación de la caridad a falta de justicia.

Y no hay remedio. A la vista, al menos.

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