Hubo un tiempo en el que los medios de comunicación respondían a la lógica de empresas editoras. De la misma manera que había residencias de ancianos o industrias agropecuarias sujetas a pautas específicas y acordes con su actividad. En aquellas circunstancias el consumidor, más o menos, entendía, discernía y decidía.

De un tiempo a esta parte las residencias de ancianos forman parte de conglomerados capitaneados por fondos buitre, los suministros agrícolas se reciben a través de distribuidoras bajo criterios planetarios y los medios de comunicación tradicionales responden a intereses de inversores que buscan relaciones y poder en ámbitos ajenos al servicio público en que se basa su razón de ser.

La línea editorial se convierte en circunstancia y el receptor se ve obligado a los dictámenes de conglomerados tan inasibles como falaces. No hay excepción. Lo más decente del oficio que aún pervive debe moverse bajo esos parámetros. Y en algunos casos… sobreviven.

La credibilidad de los medios de comunicación está sometida a equilibrios inestables y fluctuantes que ocultan al usuario referencias fundamentales. Las críticas seculares a los medios públicos por su dependencia del poder político son ahora igualmente válidas respecto a los privados, por su permanente estado de negociación a la búsqueda de influencia y recursos económicos con el mejor postor.

En esa jungla los medios digitales han pervertido la complicada situación anterior hasta elevarla al disparate. Hay quienes negocian informaciones con una pistola encima de la mesa y una red de camuflaje con un pie en los bajos fondos y otro en paraísos fiscales. La extorsión y los dossieres son moneda de uso frecuente. Por esa pendiente transitan algunas cabeceras que, otrora, tuvieron cobijo bajo el paraguas del pluralismo ideológico.

Todavía lejos de ese punto, aunque ya inmerso en una red inextricable de conglomerados financieros, fondos varios y una red de influencers postineros, se encuentra el que ha sido el principal medio de referencia en España durante los últimos 40 años. Un medio, pese a todo, todavía imprescindible –muchos días– para mirar más lejos y más hondo sobre lo que se dice que acontece. Así se ha puesto de manifiesto en los últimos años.

El periódico de referencia de este país, plural y progresista, ha cubierto diferentes recorridos y más de un vericueto hasta desvirtuarse con frecuencia a sí mismo. En los últimos años ha recorrido trayectorias divergentes, que parecieron reencontrar un rumbo próximo al original con la reincorporación de algunos pesos pesados de la redacción original, dispuestos a compaginar una línea editorial autónoma con los intereses empresariales y la reticencia del lobby ideológico afín incorporado a la médula de su consejo y los reclamos de una audiencia progresista a punto de sentirse desencantada.

El periódico que en sus orígenes se quiso constituir en contrapoder, se fue transformando a medida que avanzaron los años en un poder fáctico. Su apertura ideológica se amarró a una voluntad expansionista desde el punto de vista empresarial que le obligó a asumir importantes facturas. La línea editorial se sometió a los intereses de su avalistas.

Hasta ese momento, ya referido, en que se trató, tal vez por ultima vez, de recuperar la vieja razón de ser. Sol Gallego y Joaquín Estefanía, con el apoyo de otros elementos de la vieja guardia y algunos incorporados con evidente categoría profesional, alumbraron un periodo de recuperación no solo del medio en cuestión sino también del propio oficio periodístico.

Los últimos meses volvieron a sembrar las dudas, a modo de anticipo del final ya consumado.

Para quienes quieran entender lo que subyace a ese despropósito, tal vez les resulte necesario acercarse al tinglado que hoy es El País.

Manuel Vázquez Montalbán, desaparecido hace ya 17 años, sigue siendo imprescindible para entender el periodismo. En su Informe sobre la información, de hace seis décadas, dejó claro cómo a los medios los define su trastienda.

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