Las cosas claras, para entendernos

¿Sería posible y razonable que cada una de las señoras o señores diputados votara sí, votara no o se abstuviera exclusivamente en función de su estricto acuerdo, desacuerdo o perplejidad respecto a lo que se le plantea? Que, por ejemplo, si surge una votación en torno a la promoción de los tubérculos, nadie reclame, a cambio de su voto afirmativo, el apoyo simultáneo y mayoritario al tamboril de tripa.

Muy sencillo. Si se plantea una reforma laboral, que no se vincule la decisión a una reunión sobre la alta velocidad; si se someten a votación medidas económicas para paliar la situación tras la pandemia o la guerra, que no se reclame a cambio del sí la dirección del Cesid; si se vota una reforma educativa, que no se tenga en cuenta el color de la corbata del presidente del Gobierno.

O sea, que cada diputado o senador se pronuncie estrictamente respeto a lo que es objeto del debate. Aunque solo sea para que el ciudadano pueda exigir a sus representantes coherencia respecto de sus decisiones, no sobre sus inquinas o fidelidades.

Ofende a la ciudadanía el mamoneo de sus señorías y de los grupos parlamentarios, el mercado persa que desatan cada vez que encuentran una vía de escape, un plan de fuga, una pasarela o un pasadizo para sacar tajada de una pieza ajena a la cuestión en curso. Lo mismo que el Gobierno cuando trata de aprovechar la reforma de una ley sobre artes plásticas para subirle el sueldo al ascensorista; y tantas otras.

Todo esto es un fraude a los ciudadanos. A sus cargos electos deberían darles vergüenza comportamientos como estos, aunque tan viejos como deponer después de un atracón.

Repugnante.

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