El SPD alemán fija como requisito para su coalición con la CDU de Merkel la aplicación de un salario mínimo de 8,5 euros por hora trabajada. El PS francés rehúye cualquier política de reconocimiento de los derechos de los inmigrantes para frenar a la ultraderecha de Le Pen. El PSOE está en vísperas de trazar su hoja de ruta para el inmediato futuro.

–      ¡Qué papelón!

El caso francés se convierte en el último paradigma de las contradicción socialdemócrata: el mantenimiento de una política de inmigración razonable (casi de mínimos) convertiría a la ultraderecha a la ultraderecha en el partido más votado; para evitarlo Hollande, aunque en boca de Valls, asume lo que hizo Sarkozy que asumió previamente lo que dijo Le Pen. ¿No hay otra?

El desmantelamiento ideológico de la izquierda (el debate no afecta solo a la socialdemocracia, aunque sitúa a ésta en el alambre y sin pértiga) se corresponde con el que sufren las sociedades desarrolladas. Disueltos los valores de la igualdad de los seres humanos y el papel equilibrador del Estado como garante de las mismas oportunidades para todos en el magma de una aparente no-ideología que prima la eficiencia, la competencia y el mercado como distribuidor natural y eficaz de los recursos disponibles, la brújula de la izquierda desvaría; aún peor, enloquece.

Orientarla en su sentido correcto implica poner rumbo a la clandestinidad. Evitar ese desatino invita, o eso parece, a correr en dirección contraria. Si todo se redujera a este simplismo, solo el abismo es seguro.

¡Al hoyo!

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