No siempre se encuentra el mejor sendero a la primera. Hay veces en que llegas al destino por una vía equivocada y otras por trochas agradables, aunque no tan estimulantes como aquellas veredas de las que luego supiste.

Algo de eso me pasó con Álvaro Valverde. Lo descubrí a través de su primera novela, Las murallas del mundo, y gracias a él reconocí a Plasencia, mi pueblo. El hallazgo me llevó a su poesía y, luego, a su blog.

Quise saber más cosas de él y pregunté a mi madre, que me habló de algún Valverde placentino del que yo no tenía memoria. Más adelante, leyendo uno de sus poemas, El jardín de Morille, reconocí aquel espacio que me llevaba a Jesús Málaga;  él me dijo que se había alojado en su casa y me ofreció un teléfono que, por timidez o vergüenza, no utilicé.

He disfrutado de sus libros pasados y de los que fueron apareciendo. Regalé Desde fuera a personas a las que quiero para ofrecerles mi propio descubrimiento: la hondura fundamental que se enuncia en palabras sencillas, hechos cotidianos, lugares que evocan, sentimientos que emergen desde lo cotidiano. Ese era o ese es, para quien no haya llegado aún a su obra, el camino perfecto para adentrarse en el hombre, al que Álvaro Valverde representa: el de la poesía.

Sin embargo, guardo en un lugar destacado de mi memoria aquel reencuentro emocional con Plasencia. Me alejé de sus murallas antes de cumplir los diez años, cuando mis padres me enviaron a Salamanca a estudiar el bachillerato. A partir de aquel momento solo volvía en vacaciones y, luego, cuando la familia se trasladó al completo cerca de la universidad, mis paseos por aquel enclave de la infancia se espaciaron, solo para ver a las abuelas, hasta que ambas nos dejaron. Desde hace una docena de años he regresado con asiduidad, gracias a mi refugio molinero (otra patria que comparto con Valverde) en una zona próxima.

Fue por esas fechas, en las que empezaba a inventar mi nuevo territorio, cuando descubrí la novela de Álvaro Valverde y ella me trasladó a la infancia, el tiempo de la alegría más espontánea y el del aprendizaje de valores para toda la vida y de rémoras que alguna vez deberás despegarte. Encontré lo uno y lo otro dentro de las murallas del mundo que el escritor describía, el mismo espacio que yo había disfrutado y sufrido en un tiempo diez años anterior al suyo.

Aquel era el lugar en el que yo había nacido y crecido, el que me había marcado y al que la distancia le ofrecía una benevolencia que otros momentos le habían negado. Aquella ciudad encerrada y levítica, de señoritos presuntuosos y afectos familiares hizo de nosotros buena parte de lo que hemos sido. Con el libro en mis manos comprendí mucho mejor lo que sabía. Y puse rostros a hechos allí descritos y reconocí algunos nombres en parajes distintos.

Me hubiera gustado comentarlo alguna vez con Álvaro Valverde, pero preferí mantener el anonimato del que disfruto: le dejé mi Esperanza, con una dedicatoria, en la librería El Quijote y disfruté en secreto la presentación de su antología, Un centro fugitivo. en la sala Verdugo. Mejor así. En el anonimato y el secreto no hay simulación ni engaño.

Todo lo escrito se amplifica ahora con la publicación de Plasencias, un libro de poemas íntegramente dedicado a ese lugar recurrente del que, queriéndolo o no, formamos parte. Y él de nosotros. Hay que leerlo despacio, después de haberlo leído sin pausa. Para sentirlo mejor. Ese es el pueblo Valverde. Y el de otros. Y el mío. Pero gracias a él, y a Murania, la invención de Gonzalo Hidalgo Bayal, mucho más íntimo, contradictorio y laberíntico.

A quienes allí guardamos emociones, alegrías o disgustos, ellos nos invitan a proclamar nuestro origen con orgullo. El que ellos nos infunden. Y también por ellos, cuando atravieso la Plaza, diviso los canchos o paseo abstraído en La isla puedo proclamar que “habito una ciudad de la memoria”. Las Plasencias de las que no nos fuimos.

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Plasencias, de Álvaro Valverde, lo acaba de publicar De luna Libros, en la colección Luna de poniente. Poesía.

 

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