Angela Merkel se convirtió en la abanderada del austericidio que ha castigado a los pobres del sur Europa. Fue la madrastra malencarada en nombre del rigor y la disciplina fiscales. Y eso la convirtió en el pimpampum de los desfavorecidos; inermes ante su poderío, la respondieron con burlas y desprecios. No se inmuto y los suyos, sus paisanos, la premiaron con adhesiones y afecto.

angela-merkel-34523839Luego llegó el momento de pronunciarse sobre los refugiados y, pese a la oposición de compañeros de partido, socios de gobierno y los grupos más reaccionarios, Angela Merkel adoptó la posición más decente, o menos indecente, de la vieja Europa: un millón de refugiados dentro sus fronteras; España, un centenar, si acaso.

Llegaron los atentados aún recientes y la sociedad alemana ha dado la espalda de una manera inequívoca a su canciller. Una vez más se comprueba que los responsables políticos se equivocan, mienten, son incapaces de marcar un rumbo digno, pero el problema radical estriba en el modelo de sociedad que los ciudadanos han interiorizado: clasista, racista, miedosa, vengativa.

Es esa sociedad, tanto o más que sus gobiernos, la que ha despreciado a los refugiados. Las excepciones lavan la conciencia general, pero esconden la verdad.

refugiadosY esa verdad se impone definitivamente cuando los inmigrantes reniegan de la inmigración, cuando se sienten nacionales frente al extranjero, cuando cierran el derecho de convivencia a los que buscan, como hicieron ellos, un espacio para sobrevivir, cuando perciben como competidor al compañero. El emigrante y el pobre se denigran cuando enarbolan su derecho contra el último huido o el aún más indigente. Esa realidad la han reflejado muy distintos reportajes publicados en los últimos días. Reacciones similares se ha producido reiteradamente a lo largo de la historia.

Esta sociedad condena a muchos al hambre y, a todos, a la miseria. Unos contribuyeron a construirla así: desigual, injusta, despreciable. Luego, buen número de los que aceptaron las migajas de su opulencia la hicieron aún más mezquina, definitivamente deleznable.

La avaricia no merece la misma calificación que el miedo. Pero el miedo no puede convertirse en baluarte de la codicia y el desprecio al otro que esta sociedad impone en todas sus escalas.

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